—¡Marina! ¿Cómo estás? ¡Perdóname por no estar contigo, hermana! Supe que estuviste en el hospital, hermana, ¿cómo estás, cariño? Dime, ¿necesitas algo? —¡Tan pronto salga de la oficina te iré a ver! —expresó Lina volviendo a su realidad.
—¡Lina! ¿Dónde habías estado metida? Me tenías preocupada, llevo días escribiéndote y llamándote, pero nada; desde el día que te bajaste del avión no supe nada de ti. ¿Dónde rayos te metiste?
—¡Perdón, cariño! ¡Perdón! He… He tenido muchos días llenos de trabajo y ya me conoces, me pierdo en las olas y olas de pendientes, pero ya estoy de regreso. Tú dime, ¿cómo estás? ¿Por qué llegaste de nuevo al hospital? ¿Te duele algo? ¿Necesitas que vaya a verte en este instante? ¿Tienes ayuda? ¿Está Ofelia contigo?
—¡Tranquila! ¡Tranquila! ¿Cómo sabes que fui a parar al hospital?
—Es una larga historia que ya te contaré después, pero cuéntame tú, ¿qué te dijo el médico? ¿Cómo sigues? ¿Cómo te fue en tus vacaciones? ¿Por qué fuiste a parar al hospital?
—Hmm… Sobre eso, ¿cuándo vienes? Me gustaría platicar contigo sobre algo…
—¡Claro, cariño! Como te dije, hoy saliendo de la oficina iré a verte.
—¡Está bien! Entonces aquí te espero, prepararé un pay de queso con zarzamora, tu favorito, ¿te parece?
—¡Marina! Tú deberías guardar reposo, ¿qué? ¿Acaso no recuerdas que estuviste mes y medio en el hospital?
Marina, al escuchar aquello y recordar lo que había estado sucediendo, se quedó sin palabras. ¿Qué podía responder? Aunque su hermana desconocía algunos detalles y no tenía por qué comentarlos en ese momento.
—Aquí te espero, Lina, tenemos mucho que platicar.
—¡Claro, cariño! Te veo por la tarde…
Después de esa llamada, Lina regresó a la oficina un poco más relajada, atendió sus pendientes lo mejor que pudo y siguió con su rutina tal y como siempre.
Mientras aquello sucedía, en otro punto de la ciudad, Esteban llegaba a un discreto pero elegante restaurante, pedía un trago en lo que llegaba la mujer que lo había citado, la cual no tardó mucho en hacerlo.
—Esteban… Se escuchó una suave y tímida voz.
—Lorena, toma asiento… —respondió con seriedad.
—Cariño, yo… —dijo la mujer con duda, al ver el semblante de Esteban.
—¿Qué quieres tomar? —preguntó él sin inmutarse en la timidez de la mujer o en su apariencia seductora.
—Un Martini seco…
Tras pedir el trago, la mujer observó al hombre de su vida; él lucía cansado y de cierto modo de mal humor. Sabía que debía andar con pies de plomo y tocar el tema sobre ellos de un modo más apacible.
—¿Qué sucede, Lorena? —preguntó Esteban sin rodeos.
—Cariño, quiero que hablemos. Mira, la verdad es que sé que han pasado días duros, muy duros; ambos sabíamos que no sería nada fácil, pero lo más complicado ya sucedió. No echemos a la basura medio año juntos, por favor.
El tono que usaba la mujer era apacible, medido y hasta cierto punto lastimero. Ella ya había tenido algunos días para analizar los pros y contras de terminar la relación; no podía regresar a Nueva York, no tenía ahorros, no tenía trabajo. Lo que le habían dado de liquidación del grupo Montemayor, aunque generoso por ser quien era, solo le alcanza para cubrir las cuotas de las tarjetas de crédito.
—Renata está conmigo; tuvimos algunos desencuentros con su madre y Renata decidió venirse a vivir conmigo. Asombrosamente, Marina no puso objeción y mi hija está conmigo; obviamente, no es algo legal, puesto que no me la habrían dado de buena gana, pero Marina sabe bien que Renata está segura conmigo.
—¿Qué quieres decir con ello?
—Quiero decir que regreso al penthouse, pero que mi hija va conmigo; se llevan bien. Ella todo el tiempo habla de ti, te admira y, como actualmente no tienes trabajo, tú te harás cargo de ella, la cuidarás y, como me dices que ella bien pudo ser nuestra hija, pues ahora harás ese papel, ¿crees tener algún problema?
Lorena se quedó sin palabras; esto definitivamente no estaba en sus planes, esto no era algo que esperaba. ¿Cómo era posible que le estuviera pidiendo aquello? Ella no era una mujer que se pusiera a jugar a la casita y cuidar de una escuincla.
—Bue… Bueno, Esteban, pe… Pero yo no quiero malentendidos con Marina; he comprendido que ella es importante para las niñas y tienes razón, yo no tengo por qué tomar un lugar que no me corresponde.
—¿Ah, no? Pues, eso no es lo que precisamente ha estado ocurriendo en el pasado y me ha quedado muy claro. Renata te tiene en muy alta estima; sé que se llevarán muy bien. No debería estarte pidiendo permiso, puesto que el penthouse es mío.
Yo no debería estar pagando un hotel, pero lo hago por cortesía. Desde hoy, Renta y yo nos iremos a casa y será bueno que nos recibas con buena cara y comida caliente, ¿ok? —dijo el hombre con una frialdad que asombró a Lorena.
Lorena se quedó estupefacta. ¿En qué momento Esteban había pasado de ser el hombre cariñoso y tierno a eso?
—Esteban aguarda, no he dicho que acepte, ¿o sí?
—Es que no necesitas aceptar, simplemente, Renata y yo nos iremos al penthouse; si tú no te sientes cómoda, bien te puedes mudar, aunque agradecería que no lo hicieras, puesto que, uno, necesito quien cuide a mi hija y, dos, sé muy bien que tú y yo tenemos algo muy fuerte, tenemos un pasado juntos, así que no veo la necesidad por la que debemos tirar todo por la borda, ¿no es así?
Lorena se quedó sin palabras, no sabía qué más decir; de un momento a otro, el hombre con el que compartió 6 meses de su vida no se parecía en nada al que tenía enfrente. Este era más el rostro de Dante Montemayor, solo que varios años más joven, cosa que ella no había visto bien en los últimos años.

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