Entrar Via

La Mujer Que Nunca Fui (de Alut) romance Capítulo 98

Tal como lo prometió Lina, al salir de la oficina, lo primero que hizo fue dirigirse a casa de su hermana, quien ya la esperaba con un delicioso pay de queso con zarzamora.

—Te dije que descansaras, ¿por qué andas haciendo esto? —dijo Lina poniendo cara de placer al probar la delicia que le había preparado su hermana.

—¡Anda, come! Deja de refunfuñar, ¿qué tal? ¿Cómo me quedo? —preguntó Marina con una sonrisa nerviosa.

—¡Delicioso! Definitivamente, un 10 de 10.

—¿Te puedo hacer una pregunta?

—¿Qué sucede, corazón?

—¿Crees que, si te ofreciera mis postres, los comprarías?

—¿Comprarlos?

—Sí, responde honestamente.

—¡Claro! ¡Son deliciosos! Pero no veo la necesidad de comprarlos; tú siempre tienes disponibles para mí.

—¡Adelina Salas! ¡Qué ayuda la tuya! —frunció el ceño ante aquella escueta respuesta.

—Señorita Salas, la señora quiere conocer su opinión, porque queremos comenzar a vender postres. —Intervino Ofelia explicando la situación.

—¿Marina? ¿Acaso lo que te da Esteban es poco? ¿Me estás ocultando algo? ¿Ese miserable te ha jugado chueco?

—No, no, para nada, él sigue depositando y pagando todo, pero, ¿quieres saber la verdad?

—Dime…

—No quiero estar atenida a su dinero, por eso he estado pensando en qué hacer para no estarlo.

—¿Y?

—Ofelia me dio la idea de vender postres, ¿qué opinas?

—Hmm… Bueno, ya poniendo las cosas así, creo que… Eso sería ¡una magnífica idea! Tú cocinas como los ángeles, ¿solo serían postres?

—Supongo que sí, sería algo casero… No tengo más que los primeros ingredientes, no tengo mucho; bueno, no tengo nada de dinero. Mis ahorros los gasté en ese maldito reloj que le compré a Esteban y que jamás uso. —dijo Marina con rabia.

—¿Cuánto te costó? —preguntó Lina con curiosidad.

—¿Te digo?

—¡Sí!

—¿Para?

—Para ver qué tan mensas fuimos…

—¿Fuimos?

—¡Claro! Yo fui quien te llevó a comprarlo, ¿no lo recuerdas?

—Bueno, ya si lo pones desde ese punto, sí, ambas fuimos bien mensas…

—¿Cuánto costó?

—$998,000.00

Lina escupió el trago de café que acaba de tomar.

—¡Por Dios! ¡Qué desgraciado! Lo peor fue que ni siquiera se lo probó.

—Bueno, ya ni vale la pena recordarlo; el maldito reloj era un recuerdo de su viejo amor y yo terminé gastando todos mis ahorros en la fiesta y en ese reloj, porque según yo, quería demostrarle que podía hacer una cena de aniversario sin que él gastara.

—Marina… No, no… —dijo Lina al ver cómo a su hermana se le inundaban los ojos de lágrimas. —No llores, no fue tu culpa, el desgraciado ese no merece tus lágrimas; mejor pensemos en qué hacer para poder comenzar a vender pasteles.

Sí, lo que quieres es vender pasteles, pues quién soy yo para negarle a la gente conocer tus delicias. —dijo la mujer con esa cara llena de picardía que siempre instaba a Marina a cometer locuras, tal como cuando eran niñas.

Marina por un momento sintió que la embargaba el sentimiento de tristeza, pues no era fácil asimilar todo lo que había ocurrido hace medio año.

—Oye, cariño, por cierto… —dijo Lina queriendo indagar lo que había ocurrido en sus vacaciones y cambiar el tema de conversación. —¿Cómo te fue en Holbox? ¿Te divertiste?

Marina, al escuchar esa pregunta, se tensó, pues conocía a Lina, nadie mejor que Lina para que pudiera ver a través de sus ojos.

—Lina, hay algo que debo confesarte.

—¿Qué pasó, cariño?

—En Holbox… Bueno, no sé cómo explicarlo, no sé qué sucedió, pero me topé con alguien…

—¿Cómo? ¿Con quién? ¿No me digas que con Esteban?

—Bueno, sí, pero no, no, ese no es el tema… —dijo Marina haciendo movimientos con sus manos.

—¿Cómo que con Esteban? —preguntó Lina desconcertada.

—Sí, también me topé con Esteban, pero no, hubo alguien más.

—¿Quién?

—¿Te acuerdas de Angelito? Bueno, ahora ya no es Angelito, ya no está chiquito, pero ¿lo recuerdas?

—¿Efraín?

—¿Tú lo llamas así? ¿Conoces su nombre?

—Dame un minuto, debo ir al tocador desde hace 30 minutos.

Marina solo vio cómo su hermana corrió hacia la puerta de la cocina y se quedó ahí a la espera de lo que su hermana y confidente diría.

Minutos después, Lina regresó con una amplia sonrisa dibujada en el rostro, pues cuando Efraín la contactó semanas después de que Esteban la había abandonado, jamás creyó que se darían de esta manera y tiempo las cosas.

Siendo honesta, le agradaba la idea, pues solo un ciego no se hubiera dado cuenta de que ese niño regordete que les compraba chechitos y jugos para ir de día de campo al patio trasero de la Sofí le gustaba su hermana.

—¡Ay, Dios! De verdad que necesitaba ir al tocador…

—¡Lina! ¡Eso es lo único que se te ocurre decir ante lo que te acabo de confesar!

—Hmm… ¿Te puedo preguntar algo?

—¿Qué?

—¿Qué tan bueno es en la cama? ¿Se ve tan sexy como en las fotografías?

—¡ADELINA SALAS!

—¿Qué? Solo quería saber, bendita tú que tienes la oportunidad de conocer ese cuerpecito… —dijo pícaramente.

—Adelina, ¿no puedes tomar con seriedad el tema?

—Lo estoy tomando, lo estoy tomando, por eso estoy preguntando; yo no lo he visto en persona, pero sí en las múltiples fotografías que sube en redes… Supongo que debe ser todo un papucho.

—Adelina, ya no digas cosas, ¿no ves que yo estoy hecha un torbellino de contradicciones y tú, tú me sales con tus cosas?

—Marina Salas Toledo, ¿a qué le tienes miedo? A ver, dime, sí, llevas una semana divorciada, pero seamos honestas, hace medio año que él se fue; le valió madre lo que dejaba aquí, le valió madre que eras la esposa que cualquier hombre quisiera.

Y no es porque seas mi hermana, pero mírate, eres bonita por dentro y fuera, eres inteligente, eres maravillosa llevando las riendas de esta enorme casa y ya sé, ya sé, seguro me vas a decir que solo eres ama de casa, pero mírate, no cualquiera lleva las riendas de una enorme casa como esta.

Todo lo tienes funcionando como relojito; para ser una pueblerina como yo, lo tienes perfectamente dominado. Pareciera que fuiste criada para eso y no es que te minimice, pero hasta para ser “señora de las lomas” debe uno saberlo ser, ¿no lo crees?

Cariño, eres una muy buena mujer; es solo que tú aún no te lo crees y déjame que te diga algo: ese Efraín se tardó años, de verdad, se tardó años; yo hubiera preferido que no tardara tanto. —dijo Lina con una sinceridad que asombró a Marina.

—¿Qué cosas estás diciendo? —preguntó Marina sorprendida.

—Lo que escuchas, Marina, tal vez en su momento no te dabas cuenta, pero Efraín, alias “el Angelito”, como tú y Sofí le decían, estaba vuelto loco por ti, pero tú no tenías más ojos que por Esteban.

Efraín era gordito y bonito, no lo puedes negar, era un muchachito bien bonito, bien lindo contigo y conmigo. Si recordaras, en la calle, todos se movían al tronido de dedos de Lorena, pero cuando Efraín llegaba, nadie se metía con nosotras; él siempre llegaba a poner a todos en su lugar.

Seamos honestas, mientras fuimos niñas, al menos hasta que él comenzó a visitar a Sofí, cada verano ya no aguantábamos a verlo llegar. —dijo Lina con un dejo de nostalgia.

Marina se quedó callada; múltiples recuerdos comenzaron a pasar por su mente. Lina tenía razón, Efraín era un buen chico; él hacía de sus veranos algo difícil de olvidar. Incluso para ser 3 años más grande que ellas, solía llevarse muy bien con ambas. Cuando él regresaba a Nueva York, solía dejarles una dolorosa sensación de pérdida que era difícil de llenar.

Marina sintió un pinchazo en el pecho, pues recordó la última vez que platicó con él; luego de esa larga plática, jamás lo volvió a ver. Un día supo que había estado en el rancho de su abuelo, pero, así como llegó, se marchó y ni en su boda lo vio; aquello había sido algo que le había dolido y ahora sabía por qué.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Mujer Que Nunca Fui (de Alut)