Tal como lo prometió Lina, al salir de la oficina, lo primero que hizo fue dirigirse a casa de su hermana, quien ya la esperaba con un delicioso pay de queso con zarzamora.
—Te dije que descansaras, ¿por qué andas haciendo esto? —dijo Lina poniendo cara de placer al probar la delicia que le había preparado su hermana.
—¡Anda, come! Deja de refunfuñar, ¿qué tal? ¿Cómo me quedo? —preguntó Marina con una sonrisa nerviosa.
—¡Delicioso! Definitivamente, un 10 de 10.
—¿Te puedo hacer una pregunta?
—¿Qué sucede, corazón?
—¿Crees que, si te ofreciera mis postres, los comprarías?
—¿Comprarlos?
—Sí, responde honestamente.
—¡Claro! ¡Son deliciosos! Pero no veo la necesidad de comprarlos; tú siempre tienes disponibles para mí.
—¡Adelina Salas! ¡Qué ayuda la tuya! —frunció el ceño ante aquella escueta respuesta.
—Señorita Salas, la señora quiere conocer su opinión, porque queremos comenzar a vender postres. —Intervino Ofelia explicando la situación.
—¿Marina? ¿Acaso lo que te da Esteban es poco? ¿Me estás ocultando algo? ¿Ese miserable te ha jugado chueco?
—No, no, para nada, él sigue depositando y pagando todo, pero, ¿quieres saber la verdad?
—Dime…
—No quiero estar atenida a su dinero, por eso he estado pensando en qué hacer para no estarlo.
—¿Y?
—Ofelia me dio la idea de vender postres, ¿qué opinas?
—Hmm… Bueno, ya poniendo las cosas así, creo que… Eso sería ¡una magnífica idea! Tú cocinas como los ángeles, ¿solo serían postres?
—Supongo que sí, sería algo casero… No tengo más que los primeros ingredientes, no tengo mucho; bueno, no tengo nada de dinero. Mis ahorros los gasté en ese maldito reloj que le compré a Esteban y que jamás uso. —dijo Marina con rabia.
—¿Cuánto te costó? —preguntó Lina con curiosidad.
—¿Te digo?
—¡Sí!
—¿Para?
—Para ver qué tan mensas fuimos…
—¿Fuimos?
—¡Claro! Yo fui quien te llevó a comprarlo, ¿no lo recuerdas?
—Bueno, ya si lo pones desde ese punto, sí, ambas fuimos bien mensas…
—¿Cuánto costó?
—$998,000.00
Lina escupió el trago de café que acaba de tomar.
—¡Por Dios! ¡Qué desgraciado! Lo peor fue que ni siquiera se lo probó.
—Bueno, ya ni vale la pena recordarlo; el maldito reloj era un recuerdo de su viejo amor y yo terminé gastando todos mis ahorros en la fiesta y en ese reloj, porque según yo, quería demostrarle que podía hacer una cena de aniversario sin que él gastara.
—Marina… No, no… —dijo Lina al ver cómo a su hermana se le inundaban los ojos de lágrimas. —No llores, no fue tu culpa, el desgraciado ese no merece tus lágrimas; mejor pensemos en qué hacer para poder comenzar a vender pasteles.
Sí, lo que quieres es vender pasteles, pues quién soy yo para negarle a la gente conocer tus delicias. —dijo la mujer con esa cara llena de picardía que siempre instaba a Marina a cometer locuras, tal como cuando eran niñas.
Marina por un momento sintió que la embargaba el sentimiento de tristeza, pues no era fácil asimilar todo lo que había ocurrido hace medio año.
—Oye, cariño, por cierto… —dijo Lina queriendo indagar lo que había ocurrido en sus vacaciones y cambiar el tema de conversación. —¿Cómo te fue en Holbox? ¿Te divertiste?
Marina, al escuchar esa pregunta, se tensó, pues conocía a Lina, nadie mejor que Lina para que pudiera ver a través de sus ojos.
—Lina, hay algo que debo confesarte.
—¿Qué pasó, cariño?
—En Holbox… Bueno, no sé cómo explicarlo, no sé qué sucedió, pero me topé con alguien…
—¿Cómo? ¿Con quién? ¿No me digas que con Esteban?
—Bueno, sí, pero no, no, ese no es el tema… —dijo Marina haciendo movimientos con sus manos.
—¿Cómo que con Esteban? —preguntó Lina desconcertada.
—Sí, también me topé con Esteban, pero no, hubo alguien más.
—¿Quién?
—¿Te acuerdas de Angelito? Bueno, ahora ya no es Angelito, ya no está chiquito, pero ¿lo recuerdas?
—¿Efraín?
—¿Tú lo llamas así? ¿Conoces su nombre?
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