Josefina terminó desmayándose.
Entre sueños, sintió que alguien la cargaba y la recostaba sobre una cama suave y cálida, mientras le curaban las heridas de las rodillas.
El ardor la hizo soltar un quejido.
No pudo contenerse y se soltó a llorar.
—Benjamín, me duele mucho...
Pensó que seguían siendo los mismos de antes, cuando él se moría de preocupación y corría a consolarla por el más mínimo rasguño, dándole a ella la oportunidad de hacerse la consentida.
Se había acostumbrado a esa dinámica.
En su sueño, Benjamín la abrazaba, besaba su rostro con delicadeza y la calmaba con voz dulce.
Sus lágrimas caían, pero él se las secaba a besos.
Pero ella lloró con más fuerza, agarrándolo del cuello de la camisa, casi sin poder hablar: —¿Por qué tratas tan bien a Magdalena? Me cae mal, no la soporto, y tú también deberías odiarla conmigo. Pero ya no me quieres, te enamoraste de ella, te fuiste a acompañarla cuando dio a luz... Benjamín, ya no te quiero en mi vida.
Atrapada en ese sueño pesado, lloró hasta quedarse sin fuerzas y cayó profundamente dormida.
Cuando despertó al día siguiente, se dio cuenta de que estaba en su cuarto. Se sentó en la cama y observó sus rodillas vendadas.
Se quedó pasmada por un segundo antes de procesar que lo de la noche anterior no había sido un sueño.
Cerró los ojos con fuerza. ¿Qué se suponía que significaba esto?
¿Primero veía con indiferencia cómo la castigaban y luego venía a hacerse el preocupado?
Era igual que su estúpido juego de mantener a ambas contentas, tanto a ella como a Magdalena.
¿Acaso todos los hombres eran unos expertos en eso de llevar doble vida?
Cuando Josefina volvió a abrir los ojos, su mirada había recuperado la frialdad. Se bajó de la cama y fue al baño a arreglarse.
Al salir de la habitación, escuchó risas y pláticas en la planta baja.
—¿Puede mi tío ser mi papá? —preguntó la tierna e inocente voz del niño.
Helena soltó una carcajada. —¿Tanto quieres a tu tío, Alberto?
—¡Tú!
Helena se puso roja del coraje.
Benjamín habló con tono grave: —Jose, ya deja de hacer berrinches. Ya sabemos lo que pasó anoche, te juzgamos mal.
Magdalena también se levantó, se acercó a ella y le tomó la mano. —Jose, gracias por traer a Alberto de vuelta anoche. Si no fuera por ti, seguro le habría pasado algo malo.
Pero en un ángulo donde nadie más podía verla, clavó sus uñas en la piel de Josefina.
Josefina la empujó bruscamente. —¡No me toques!
Magdalena se dejó caer al suelo y rompió a llorar de inmediato. —Jose, perdóname, todo es mi culpa. Yo fui la que no supo educar a Alberto. Él mintió para echarte la culpa, ahora mismo hago que te pida perdón.
Jaló a Alberto y lo paró en seco frente a Josefina. —¡Pídele perdón a tu tía ahorita mismo! ¡No puedo creer que hayas dicho mentiras!
—¡Ya basta!
Benjamín se puso de pie con el rostro endurecido. Se acercó directamente a levantar a Magdalena y clavó una mirada glacial en Josefina.

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