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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 15

La llamada se cortó, y Josefina esbozó una sonrisa irónica.

¡Qué sorpresa! Ahora todos le querían cancelar las tarjetas.

Buscaban cortarle el dinero para dejarla atada de manos y así obligarla a bajar la cabeza y pedir perdón.

Pero, ¿en qué momento se había equivocado ella?

Ya le habían pisoteado el orgullo de la peor manera, ¿acaso querían que se riera y les diera las gracias por la humillación?

Josefina apretó el celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El dolor de rodillas ya era insoportable y, como ya no podía dar ni un paso más, terminó sentándose en una banca junto a la calle.

Levantó la vista hacia el cielo nublado, un reflejo perfecto de su estado de ánimo.

Sentía un fuerte ardor en los ojos, pero se tragó el llanto con pura terquedad; se negaba rotundamente a soltar una sola lágrima más.

No valía la pena.

Ya le habían arrebatado el cariño de sus propios padres.

Y Benjamín ya ni siquiera la amaba.

Por lo tanto, derramar lágrimas por ellos era un desperdicio.

Estuvo ahí sentada un buen rato, hasta que un coche se estacionó suavemente justo frente a ella. La puerta se abrió y una figura inconfundible bajó del vehículo.

Al reconocer de quién se trataba, la expresión de Josefina se volvió de hielo al instante.

Apretó los puños y le preguntó de forma directa: —¿Ya vamos a arreglar lo del divorcio?

Benjamín observó su rostro marchito y sus labios pálidos. Luego bajó la mirada hacia sus piernas, que no dejaban de temblar.

Sin decir ni media palabra, se acercó, la tomó en brazos y caminó hacia el coche.

—¡Suéltame!

Josefina se quedó atónita por un segundo antes de empezar a sacudirse.

Sin embargo, terminó siendo metida a la fuerza al asiento trasero. Él entró justo detrás de ella y le ordenó al chofer: —De regreso a Residencial Valle Niebla.

Pero Josefina exigió: —¡No, al Registro Civil!

El chofer arrancó el vehículo, ignorando por completo la orden de la mujer, y tomó la ruta hacia el residencial.

Benjamín la mantenía sujeta, reduciendo sus movimientos con firmeza pero sin lastimarla. —Jose, ya no hagas berrinches, ¿sí?

Josefina agachó la cabeza y le encajó los dientes en la mano.

Lo mordió con tanta furia que rápidamente sintió el sabor a sangre en la boca. A la par de eso, las lágrimas terminaron resbalando por sus mejillas.

Se las secó de un manotazo para no seguir llorando.

Benjamín sintió el dolor de la mordida, pero no la soltó. Solo se limitó a decir con la voz ronca: —Yo cuido a Alberto únicamente porque es el único hijo que dejó mi hermano. Diego ya no está con nosotros, y Alberto apenas es un niño. ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Que me lavara las manos? Jose, trata de ser un poco más comprensiva, ¿quieres?

—¡Es que no lo puedo entender!

Josefina estalló en llanto y coraje. Volteó a verlo y le gritó en la cara: —¡Te la pasaste pegado a ella todo el embarazo! Desde que Alberto nació, a la primera tosecita que tiene y con una sola llamada de Magdalena, sales corriendo a verlos. ¡Hasta cuando estábamos a punto de acostarnos, me dejabas botada por ir a buscarla! Dime, Benjamín, ¡¿cómo diablos quieres que sea comprensiva?!

Lo agarró de la camisa con furia y lo miró con los ojos inyectados en sangre. —¿Prefieres apagar las ganas de estar conmigo con tal de ir a verla y tienes el descaro de decirme que no te enamoraste de ella? ¿Que no has cambiado?

La voz se le quebró por el llanto. —¡Tú jamás fuiste así, Benjamín!

Justamente porque alguna vez fue testigo del profundo amor que él le profesaba, cualquier mínimo cambio en él se volvía una herida imposible de ignorar.

Y era por eso que ahora, simplemente, no podía tolerarlo.

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