—¡Híjole, ni digas eso! —Cristóbal casi toca madera—. De los Gutiérrez ya solo quedas tú. Además, tu esposa se partió el lomo cuidándote para salvarte. Si algo te pasa, se va a morir de tristeza.
Muy cerca de ellos, una muchacha paró la oreja y escuchó toda la conversación.
Benjamín soltó un bufido sarcástico. Con los ojos entrecerrados bajo la tenue luz, sus facciones lucían aún más atractivas. —Ella jamás sufriría por mí. Ni siquiera me entiende... de hecho, ya me pidió el divorcio.
Cristóbal se quedó sin palabras. Al verlo tomar con tanta desesperación, comentó con evidente impotencia: —¿Y si mejor mandas a Alberto a la mansión de tu familia? ¿Así evitas que Magdalena lo vaya a ver tan seguido?
Benjamín frunció el ceño de inmediato y le clavó la mirada. —Alberto ya no tiene papá. ¿También quieres quitarle a su mamá? ¿En qué cabeza cabe eso?
Cristóbal hizo una mueca de sufrimiento. —¡Pues lo digo por ti y por tu esposa! Fíjate nada más en el desmadre que traen. ¿Cómo piensan arreglarlo? ¿A poco sí te vas a divorciar de ella?
Benjamín no respondió. Simplemente se empinó lo que quedaba de su vaso, se levantó de golpe, agarró su chamarra y se fue del lugar.
***
Josefina sentía mucho frío.
Despertó aturdida. Aún seguía en aquella casa vieja. La madrugada de otoño se sentía cada vez más helada; soltó un ligero resoplido mientras el dolor y la pesadez en la cabeza se hacían más intensos.
En ese preciso instante, sintió que alguien la estaba observando.
Sobresaltada, giró la cabeza de inmediato. Frente a ella, sentado en el suelo, estaba Benjamín. No tenía ni idea de a qué hora había llegado.
Tenía una pierna flexionada y la otra estirada de manera relajada, apoyando un brazo sobre la rodilla. La miraba fijamente en medio de la penumbra.
—¿Me quieres matar del susto?
Josefina le lanzó una mirada fulminante mientras se sentaba y se abrazaba a sí misma para darse calor.
Un segundo después, el hombre, que había estado sentado en completo silencio, se levantó, se acomodó a su lado y la envolvió entre sus brazos.
—¡Benjamín!
Josefina soltó un grito de asombro, golpeada casi de inmediato por el calor que emanaba de su cuerpo y el fuerte tufo a alcohol.
¡Había estado tomando!
Abrió los ojos de par en par. Cada vez que ese hombre tomaba, ¡se convertía en otra persona por completo!
—A quien amo es a ti.
Su voz sonaba áspera. Agachó la cabeza, escondiendo el rostro en su cuello y frotándose suavemente contra su piel.
Era como si estuviera haciendo berrinche.
En los ocho años que llevaban juntos, ella solo había descubierto por casualidad aquel drástico cambio de personalidad al beber, así que a veces le rogaba que tomara solo para verlo así.
Le encantaba cuando se ponía así de encimoso.
Era la única forma en la que decía lo que realmente sentía, sin tapujos, y no ocultaba para nada lo mucho que le gustaba estar con ella.
El corazón de Josefina empezó a dudar.
Cerró los ojos por un instante y lanzó una condición más: —Entonces prométeme que no volverás a ver a Magdalena.
Esta vez, él se quedó en completo silencio.
Cualquier pequeña esperanza en el corazón de Josefina se volvió piedra de inmediato. Poco después, la voz de él rompió la calma: —No puedo dejar de verla. Ella cuida de Alberto. Yo soy el tío del niño y tengo que hacerme cargo de él también.

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