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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 40

Josefina se puso de pie.

—Señora, por favor, no se preocupe. Voy a hablar con él ahora mismo.

—Sí, pregúntale, por favor —suplicó la madre de Silvia—. Si hicimos algo mal, que nos lo diga a la cara y nos disculparemos de inmediato.

Colgó el teléfono y salió enfurecida hacia el hospital.

Sin embargo, Benjamín no estaba en su cuarto.

Cuando una de las enfermeras entró, le preguntó con voz fría:

—¿Dónde está Benjamín?

La enfermera, intimidada por su actitud, dio un paso atrás por instinto.

—No, no lo sé, señora.

Josefina respiró profundo para intentar calmarse, dio media vuelta y salió de ahí.

La habitación de Helena estaba solo a un par de cuartos de distancia. Al asomarse por la puerta, vio que Benjamín se encontraba adentro.

Magdalena y Alberto también estaban ahí, todos reunidos alrededor de la cama de la abuela, quien no paraba de sonreír. Parecían la familia perfecta y feliz.

Josefina apretó los puños con tanta furia que los nudillos se le pusieron blancos. La tensión la ayudó a mantener la calma y la mente clara, lo que le permitía ver con mayor claridad la escoria desvergonzada que era ese hombre.

Abrió la puerta de golpe y le dijo en un tono gélido:

—Benjamín. Sal.

—¡Qué atrevida!

La sonrisa de Helena desapareció por completo.

—¿Qué clase de esposa eres? Llevo días internada y no has venido a verme ni una sola vez. Cuando Benjamín estaba inconsciente, ni siquiera te dignaste a cuidarlo. ¿Qué es lo que pretendes?

—Pretendo mandarlos al diablo —contestó Josefina cruzándose de brazos—. ¿Cómo ve? Tremenda ambición, ¿no cree?

—¡Tú!...

Helena se puso morada de la furia ante esa actitud tan cínica.

Benjamín se acercó y la sujetó por los hombros.

—¿Cómo te atreves a hablarle así a la abuela?

Josefina lo miró de arriba abajo con desprecio.

—Me guardé lo peor.

***

Una vez en la habitación de Benjamín.

Josefina volteó, mirándolo directamente con sus cristalinos ojos bien abiertos.

—¿Por qué te metiste con Silvia?

Al oír eso, Benjamín frunció el ceño.

—Yo no le he hecho nada.

—¡Encima me mientes! —Josefina estalló, y la voz se le quebró sin que pudiera evitarlo—. La mamá de Silvia me lo acaba de contar. Tú mandaste arruinar su negocio, tuvieron que cerrar y detener toda su operación. Benjamín, si tienes algún problema, ¡desquítate conmigo! ¿Por qué tienes que meterte con mi amiga? ¡Eres un monstruo!

Cada una de sus palabras fue una acusación. Para ella, él ya era un loco impredecible dispuesto a desquitarse con inocentes.

El apuesto rostro de Benjamín se ensombreció. La miró; estaba a la defensiva y su mirada desprendía un gélido rechazo.

De repente, extendió la mano, la empujó sobre la cama y se inclinó para inmovilizarla.

—Perfecto, me desquito contigo.

Y sin más, bajó el rostro y la besó.

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