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La Noche que Dejé de Esperarte romance Capítulo 42

—¿Quién se cree ella para golpearte? —espetó Benjamín con voz grave.

Magdalena replicó:

—Silvia solo quería defender a Josefina, no me importa. Mientras ellas estén tranquilas, yo puedo soportar lo que sea.

—¡Puta madre, me vas a volver loca! —Silvia, al ver esa escenita, se lanzó hacia ella con la intención de golpearla.

Magdalena soltó un grito ahogado y se escondió instintivamente detrás de Benjamín.

Benjamín miró a Silvia con desprecio.

—¿Y todavía niegas haberla golpeado? ¿Quieres que te rompa las manos para que entiendas?

Silvia se intimidó un poco ante él, pero su furia no disminuyó en lo absoluto.

—¿Yo la golpeé? ¿A ver, con qué mano le pegué? ¿A qué hora? ¡Quién chingados me vio!

Magdalena intervino en ese momento:

—Fui a buscar a Josefina en la mañana y, como te enojaste, me diste una cachetada.

Silvia abrió los ojos como platos, sin poder creer lo que escuchaba.

—¡No digas mamadas!

Josefina finalmente entendió todo. Tomó del brazo a Silvia y los miró con total frialdad.

—¿Dices que ella te pegó?

La mirada de Magdalena vaciló un instante y de inmediato bajó la vista.

—Ya estoy bien, eso ya quedó en el pasado. Benjamín, por favor, no te pelees con Josefina por algo tan pequeño.

—¡Da la cara y di las cosas como son! —Josefina dio un paso al frente y la agarró del brazo.

Benjamín le sujetó la mano de nuevo.

—Yo mismo vi la marca en su mejilla. Si no fuiste tú, fue ella. ¿Crees que la culparía a lo tonto?

—Suéltame —masculló Josefina entre dientes.

Benjamín frunció el ceño.

—Si pide perdón, este asunto se termina.

—¡Que me sueltes! —Josefina gritó a todo pulmón, con el rostro desfigurado por la rabia—. ¡Yo estuve ahí en la mañana y Silvia ni la tocó! ¡Todo es un teatro de esta mosca muerta!

¡Igual que todas las veces anteriores!

Se hacía la víctima, llorando desconsoladamente.

—¡Ya me tiene hasta la madre! ¿No decías que yo te pegué? ¡Pues ahora sí te voy a reventar la cara para que llores con provecho! —Silvia, al ver la escena, estaba que echaba humo por las orejas y se abalanzó contra Magdalena, dispuesta a arrancarle el cabello.

—¡Sujétenla! —gritó Benjamín. Los guardias entraron de inmediato y la inmovilizaron.

—¡Déjenla! —le gritó Josefina a los guardias, con los ojos inyectados en sangre.

Los hombres la soltaron por puro instinto.

Josefina se giró y le acomodó otra bofetada a Magdalena.

—Ya que andas diciendo que Silvia te golpeó, entonces te debía esto. Si no, ¿cómo le íbamos a pagar a la familia de Silvia por todas las molestias?

Luego, clavó la mirada en Benjamín.

—Yo la golpeé. ¿Vas a obligarme a pedirle perdón? ¿Te vas a ir en mi contra? ¿Vas a arruinar a mi familia y a dejarnos en la calle?

Su mirada cortaba como un cuchillo. Todo el amor que alguna vez tuvo por él se había esfumado, dejando solo una profunda frialdad.

El rostro de Benjamín se endureció por completo y un ambiente asfixiante se apoderó de la habitación. Miró a los guardias y ordenó con voz sepulcral:

—Llévenla a su casa y díganle a la familia de Silvia que empaquen sus cosas y se larguen de Santa Aurelia.

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