Como Silvia nunca podía quedarse callada, le preguntó de inmediato:
—¡No manches! ¿Te le vas a poner al brinco a tu propio amigo?
Emiliano bajó un poco la mirada para ocultar sus verdaderos pensamientos. Cuando volvió a alzarla, tenía una sonrisa relajada en el rostro.
—Solo quiero apoyarte. Aunque no conozco la historia completa, con lo poco que sé, me queda claro que, entre su cuñada y tú, él tomó la decisión equivocada. Tiene que hacerse responsable de sus errores.
—¡Qué chingón! —exclamó Silvia, levantando el pulgar en señal de aprobación—. Yo pensé que tú y Benjamín eran iguales y que estaban cortados por la misma tijera.
Emiliano soltó una carcajada llena de impotencia.
—Benjamín es mi amigo, pero eso no es excusa para aplaudirle todas sus tonterías.
—¡Ahora te ves más guapo todavía!
Silvia se volteó hacia Josefina y la animó:
—¡Jose, anímate! Métele la demanda de divorcio y manda a volar a ese patán lo más lejos posible.
El corazón de Josefina latía con fuerza. Estaba a punto de perder la esperanza, y justo en ese momento, Emiliano aparecía para lanzarle un salvavidas.
—¿Hablas... en serio? —preguntó ella, todavía con dudas—. Estarías enfrentándote a Benjamín.
Emiliano se quedó pensando un instante antes de responder:
—Entonces haremos que no se entere de que yo te estoy ayudando. Buscaré a un contacto para que se comunique contigo. Antes de meter la demanda, todo lo haremos en completo secreto. Ya lo haremos público cuando le llegue el citatorio.
A Josefina se le iluminó la mirada.
—¿De verdad se puede hacer eso?
Emiliano asintió, clavando sus ojos en ella con total seriedad.
—Se puede. Pero tienes que pensarlo muy bien... ¿De verdad estás decidida a divorciarte de él?
—¡Eso ya lo tengo más que pensado! —afirmó Josefina sin dudar—. Me quiero divorciar y no volver a verle la cara nunca más en mi vida.
—De acuerdo, entonces cuentas conmigo.
El caldo en el centro de la mesa burbujeaba sin parar, llenando el aire con su delicioso aroma. Entre el vapor caliente, Josefina sintió de repente un nudo en la garganta.
—Te lo agradezco mucho.
Emiliano se apresuró a romper la tensión con una broma:

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