Teresa se molestó bastante. Su tono de voz se volvió un tanto más frío:
—Ahorita mismo voy a checar qué demonios pasó.
Y colgó la llamada.
Josefina se quedó con el celular en la mano, dándole vueltas al asunto por unos segundos, y de pronto soltó una carcajada burlona.
¿Pues qué más iba a ser?
¡Era más que obvio que Benjamín la había protegido!
¡Tsk, tsk!
Qué nivel de devoción tan profundo; por salvar a su adorada cuñada, ya ni siquiera le importaba desobedecer las órdenes de su propia madre.
Sin embargo, mientras jugaba con el teléfono entre sus dedos, sus movimientos se fueron haciendo más lentos y la sonrisa irónica se esfumó poco a poco de su rostro.
Lanzó el celular a un lado, agarró de nuevo el guion y volvió a concentrarse en sus estudios.
El silencio invadió la recámara.
Teresa le marcó a su hijo y fue directo al grano:
—¿En dónde andas? Quiero que vengas a la casa ahorita mismo.
—Estoy en el hospital, acompañando a tu nieto —respondió él con voz neutra.
A Teresa le dio un tic de coraje en el ojo.
—Alberto tiene niñera y enfermeros de sobra, no hay necesidad de que vayas todo el tiempo. Regresa de una vez, tengo que hablar algo contigo.
—Ya voy.
Benjamín habló con cierto desgano. Tras colgar, le puso en la mano a Alberto el bloque de juguete que sostenía.
—Quédate jugando tú solo un ratito, ya me tengo que ir.
El niño se aferró a su mano, mirándolo con ojitos lastimeros.
—¿El tío no se puede quedar?
—No puedo, chiquitín, tengo un pendiente.
Benjamín sabía de sobra que el niño dependía muchísimo de él, pues, a fin de cuentas, prácticamente él lo había criado. Era normal que le tuviera tanto apego.
—Alberto ya es todo un hombrecito y sabe jugar solo, ¿a que sí? —le dijo mientras le alborotaba un poco el cabello.
El niño asintió despacio.
—Sí.
Benjamín se puso de pie y se marchó sin más.
Cuando Magdalena regresó al cuarto y no vio a Benjamín, le preguntó a su hijo:


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