Floriana se quedó atónita por un momento, luego miró a Víctor y vio que él también la observaba, como si esperara una respuesta.
Tras un breve silencio, Floriana se dirigió a Carlota:
—Tu papá y yo nos divorciamos. ¿Entiendes lo que eso significa? Ya no podemos vivir juntos, pero eso no impide que te amemos con todo el corazón.
Carlota lo entendía perfectamente, pero deseaba profundamente que los tres volvieran a ser una familia unida.
—¿Y tú, papi? ¿Quieres vivir con nosotras?
Víctor pensó que la niña le había dejado la pelota en la cancha de Floriana, pero la pequeña, siendo muy astuta, le devolvió la pregunta a él.
—No lo sé.
Y la verdad es que no lo sabía. Había perdido la memoria, así que ni siquiera estaba seguro de lo que sentía por Floriana. ¿Era amor? ¿O había dejado de amarla cuando se divorciaron? ¿Tal vez se había enamorado de otra persona?
Aunque en ese momento sentía cierta atracción hacia ella, no dejaba de ser solo una sensación. Tal vez fuera algo pasajero, tal vez duraría, pero no podía prometer nada.
Carlota se sintió un poco desilusionada.
—Me gustaría mucho que los tres estuviéramos juntos siempre.
Después de la cena, Carlota sugirió salir a dar un paseo por el vecindario.
A Floriana y Víctor les pareció buena idea, así que salieron juntos.
El condominio era hermoso, lleno de amplias áreas verdes y pequeños bosques. Al ver a otros niños en los columpios, Carlota salió corriendo a jugar con ellos.
—La verdad es que sigo sin entender qué pasó entre tú y Facundo —comentó Víctor mirando a Floriana. Él pensaba que había renacido algún viejo romance entre ellos, pero por lo que había visto, parecía que no. Sin embargo, si ese no era el caso, ¿por qué Floriana había vuelto con él una y otra vez? Y si de verdad había amor, ¿por qué lo abandonó justo en el momento en que peor la estaba pasando?
Floriana hizo una pausa y luego respondió:
—Fui obligada a regresar con él, llevándome a Carlota.
Al escuchar eso, Víctor preguntó apresuradamente:
Floriana sonrió y negó con la cabeza.
—Víctor, alguna vez nos entregamos por completo el uno al otro, nos amamos con sinceridad. Pero al estar juntos, dejamos de ser felices. No queríamos rendirnos, así que nos esforzamos demasiado para salvar nuestro matrimonio. Yo aguantaba, tú tratabas de complacerme. Los dos terminamos resentidos, cansados, al punto de que, al final, empezamos a odiarnos.
Recordar esos tiempos hizo que frunciera el ceño, como si el peso de ese agotamiento volviera a caer sobre sus hombros.
—Víctor, si no hubieras perdido la memoria, jamás me habrías hecho esa pregunta, porque ni tú ni yo desearíamos volver a intentarlo.
Aunque Víctor no recordaba todos esos detalles, comprendía perfectamente a qué se refería.
Seguramente él no era el tipo de hombre hecho para la estabilidad, o tal vez era incapaz de amar a una sola persona de manera constante. Si volvían a estar juntos, solo terminían lastimándose de nuevo.
—Entonces, ¿qué somos?
—Amigos. Nada más.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...