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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1127

Ignacio regresó con las bandejas de comida y, al no ver a Natalia, asumió que Tatiana la había ahuyentado.

—¿Qué le dijiste? —le reclamó con dureza.

Tatiana lo miró desconcertada.

—¿Qué crees que podría haberle dicho?

El rostro de Ignacio se ensombreció.

—Señorita Gutiérrez, lo nuestro es un contrato de trabajo. ¿No te estarás creyendo el cuento de que eres mi novia de verdad?

Tatiana entrecerró los ojos.

—Si los tipos que te quieren secuestrar estuvieran cerca, ya habrías arruinado la tapadera.

—No uses tu trabajo como excusa. A mí no me intimidas.

Tatiana se frotó las sienes con cansancio.

—No estoy buscando excusas. Te estás imaginando cosas.

Señaló hacia afuera con la barbilla.

—Mira, la señorita Méndez solo salió a contestar el teléfono.

Ignacio volteó y, en efecto, vio a Natalia hablando por celular. La culpa lo invadió al darse cuenta de que había juzgado mal a su guardaespaldas. Avergonzado, se sentó frente a ella, bajó la mirada y no dijo ni una palabra durante un buen rato.

—Yo sé separar muy bien mi trabajo de mi vida personal —dijo Tatiana con frialdad—. Espero que, de ahora en adelante, el señor Rodríguez también tenga eso claro y no se deje llevar por sus arranques.

—Yo... lo siento.

—Acepto tus disculpas.

Dicho esto, Tatiana tomó los cubiertos, probó los fideos y asintió con aprobación.

—Oye, sí están muy buenos.

Ignacio siempre había pensado que las mujeres eran imposibles de contentar. No esperaba que a ella se le pasara el enojo tan rápido. Aunque, pensándolo bien, ella apenas encajaba en el molde tradicional.

Natalia regresó poco después, con el semblante pálido y apresurada.

—Perdónenme, surgió algo urgente y tengo que irme. Provecho.

Ya estaba recogiendo su bolso de la silla.

Al verla tan alterada, Ignacio se levantó de un salto.

—¿Pasó algo malo? ¿Te puedo ayudar en algo?

Natalia dudó un segundo antes de negar con la cabeza.

—No es nada, no te preocupes por mí.

—Natalia no es como tú.

—Mientras puedas sostener un cuchillo, no hay nada a qué temerle.

Ignacio comió un par de bocados más, pero no podía dejar de pensar en su amiga.

—¿Me harías el favor de llevarle algo a su casa?

Tatiana rodó los ojos.

—Vaya, resultaste tener un corazón de oro, joven Ignacio.

Regresaron a la sala de profesores. Ignacio tomó un libro cualquiera del escritorio de Natalia y se lo dio a Tatiana con la excusa de que debía devolvérselo.

Condujeron hasta el complejo residencial de Natalia. Ignacio le indicó que él la esperaría en el auto, pidiéndole que subiera a echar un vistazo para asegurarse de que estuviera bien.

—Tengo curiosidad, ¿por qué no subes tú? —preguntó ella.

—Su esposo sospecha que entre nosotros hay algo más que amistad.

—Siendo tu novia falsa, hasta yo lo sospecharía.

—Natalia y yo solo somos amigos... Pero bueno, no tengo por qué darte explicaciones.

Tatiana estaba dispuesta a ayudarle, pero su prioridad era la seguridad de su cliente. Por precaución, lo obligó a meterse a la caseta de vigilancia a esperar.

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