—Debería buscar un enfermero que los ayude —frunció el ceño el hombre.
—Pensé que no era tan inútil como para no poder llevar a mi esposa al hospital, pero ahora... ay, hay que aceptar que uno envejece.
Intercambiaron un par de palabras más, y el anciano siguió empujando la silla de ruedas hacia la salida, mientras el hombre se dirigía hacia el interior del hospital.
Sin embargo, apenas habían dado unos pasos cuando la anciana, que antes parecía perdida, se giró bruscamente y le gritó al hombre:
—¡Hijo! ¡Hijo, ¿adónde vas?! ¿Vas a dejar a tu mamá otra vez? ¡Vuelve!
La anciana estaba tan alterada que incluso intentó levantarse de la silla para perseguir al hombre.
Al ver esto, el hombre corrió hacia ella y la ayudó a sentarse de nuevo.
—Se confunde, señora. No soy su hijo —le explicó con voz suave.
Pero la anciana lo agarró del brazo con fuerza.
—¡Hijo, hijo! ¿Ya ni a tu madre reconoces?
El hombre miró al anciano, quien con expresión resignada le explicó que su esposa padecía Alzheimer y ya no reconocía a las personas.
El hombre lo entendió y, con ternura, tomó la mano de la anciana.
—Mamá, claro que te reconozco.
Al escuchar que la llamaba mamá, la anciana se emocionó tanto que lo abrazó con fuerza.
—Hijo, ¿por qué tardaste tanto? Mamá te extrañó muchísimo.
El hombre se inclinó para que la anciana lo abrazara cómodamente, mientras le palmeaba la espalda con suavidad para calmarla.
—Vete a casa con papá primero. Tengo que hacer unas cosas, y cuando termine, iré a verte, ¿te parece bien?
—Seguro me vas a abandonar.
—No lo haré, te lo prometo —dijo el hombre, mirándola a los ojos con firmeza.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...