—¿Necesitas que te ayude?
Renata estaba desplazándose por la pantalla de su celular. Al escuchar esa voz, levantó la mirada hacia Fabrizio con incredulidad.
—¿Tú quieres ayudarme?
—Si lo necesitas.
Renata soltó una carcajada; le sorprendía que Fabrizio se ofreciera a ayudar a alguien por iniciativa propia.
—¿De qué te ríes?
—Ahora sospecho que esa actitud fría y arrogante que tienes con los demás es solo una fachada, y que en realidad eres alguien muy cálido.
—No soy frío ni arrogante —resopló Fabrizio—. Simplemente no tengo la obligación de ir por la vida sonriéndole a todo el mundo.
—Sí, tienes razón, pero por ahora no necesito ayuda.
—Como quieras.
—Pero si alguna vez lo necesito, serás el primero al que llame.
—Eso dependerá de si estoy de humor —resopló Fabrizio con orgullo al escuchar sus palabras.
Fabrizio la llevó hasta la entrada de su edificio. Renata apenas bajó del auto con su bolso cuando, de repente, un grupo de personas apareció doblando la esquina y se abalanzó sobre ella. Antes de que pudiera reaccionar, ya la habían rodeado, apuntándole con las cámaras de sus celulares.
—Señorita Morales, ¿es cierto que aceptó un millón de parte de Nadia?
—Si ya recibió el dinero, ¿por qué sigue insistiendo en el asunto?
—¿Se acercó a Nadia desde el principio para vengarse o solo para sacarle más dinero?
Renata no tenía idea de quiénes eran estas personas, que le lanzaban una ráfaga de preguntas sin parar.
—No tengo ninguna obligación de responderles.
Usando las mismas palabras que Fabrizio había dicho antes, Renata intentó apartarlos para entrar a su casa, pero eran demasiados; le resultaba imposible abrirse paso.
—¡Renata, todo esto es un plan tuyo! ¡Lo de la amante, el acoso, el accidente por conducir ebria... todo lo inventaste para arruinar a Nadia! ¡Ella no hizo nada malo, eres una víbora!
Las palabras de la multitud eran cada vez más ofensivas, y el rostro de Fabrizio ya mostraba una evidente furia. Temiendo que él terminara a los golpes con esa gente, Renata les gritó de inmediato: —¡Si no se van ahora mismo, llamaré a la policía!
Sin embargo, la amenaza no los intimidó. Fue Fabrizio quien, protegiéndola con su cuerpo, logró llevarla de vuelta al auto para luego arrancar y alejarse a toda velocidad de ese lugar.
—Me temo que no podrás volver a casa por un tiempo.
Renata frunció el ceño. ¿Cómo era posible que esa gente supiera su dirección? A menos que... a menos que alguien se los hubiera dicho.
No hacía falta pensarlo mucho; era evidente que la gente de Nadia estaba detrás de esto.
—Déjame en algún hotel —dijo Renata.
Si no podía volver a su casa, su única opción era quedarse en un hotel temporalmente.
Pero los hoteles estaban llenos de gente entrando y saliendo, lo que sería aún más inconveniente.
—Quédate en mi casa.
Renata pensó que Fabrizio la llevaría de nuevo a su cabaña en las montañas, pero en lugar de eso, se dirigieron a un exclusivo complejo residencial.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...