Como Renata no sabía mucho de licores, simplemente tomó un par de botellas al azar y subió.
Fabrizio preparó varias botanas para acompañar de forma rápida y eficiente. Además, dejó la cocina impecable en cuanto terminó.
Renata no pudo evitar sentir un poco de envidia por su disciplina. Ella también sabía cocinar, pero siempre buscaba lo más fácil y terminaba ensuciando todo. Para ella, limpiar la cocina era una tarea tediosa que siempre terminaba postergando.
Renata sirvió dos copas y le entregó una a Fabrizio.
Ambos brindaron en silencio y se bebieron el contenido de un solo trago.
Fabrizio la miró.
—El director Andrade me llamó. Me dijo que renunciaste al equipo.
—¿En serio? ¿Y por qué te llamaría a ti para contártelo?
—Él cree que podemos ser buenos amigos.
Renata se encogió de hombros. Era cierto que el director Andrade le había dicho una vez que, si lograba que Fabrizio la llamara por iniciativa propia, significaría que ya la consideraba una amiga.
En aquel momento, ella había pensado que el director exageraba, asumiendo que Fabrizio la contactaba únicamente porque le resultaba útil.
Pero ahora, estaba de acuerdo con él.
Después de todo, Fabrizio la había dejado subirse a su trenecito.
—Renuncié al proyecto, pero de todas formas voy a terminar de arreglar el guion para ellos.
—Entonces, ¿aún te soy de utilidad?
—¿Por qué lo dices?
—¿Acaso no vas a seguir pidiéndome ayuda porque te soy útil?
—Por supuesto que no, te la pediré porque ya somos amigos.
Fabrizio guardó silencio unos segundos.
—Lo siento. Nunca antes había tenido amigos.
—¿Un filtro?
—Cuando ella está contigo, tu cerebro te convence de que ella es la mujer que amas, así que le añades un filtro idealizado.
—Ahora que intento recordar cómo actuaba frente a mí, todo se siente un poco borroso.
—No es que esté borroso. Es que ahora la conoces de verdad.
—Pero eso no cambia el hecho de que la amo.
—Entonces, sigue observándola.
Ella le había aconsejado observar a la verdadera Gloria no para demostrarle que no era digna de ser amada, sino para que él mismo descubriera si estaba enamorado de la mujer real o de la imagen perfecta que había creado en su propia mente.
Si después de ver su cruda realidad él seguía amándola con la misma intensidad, Renata no volvería a opinar al respecto. Al final, dejar de amar a alguien era una batalla que cada quien debía librar por su cuenta.
Esta vez, Fabrizio no se emborrachó.
—Vi el estado en el que llegó ese hombre. Qué desagradable es la gente borracha.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...