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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1173

Al regresar a la oficina, Isabella se lanzó de inmediato a los brazos de Jairo, pidiéndole que la abrazara.

—Estuve fuera medio mes, ¿me extrañaste?

Jairo ya la había levantado del suelo, besando la punta de su nariz con ternura.

—¿Acaso no lo notas?

En el instante en que la levantó, Isabella lo sintió claramente. Aunque ya llevaban tiempo casados, su rostro se ruborizó de golpe. Inclinó levemente la cabeza, dejándose llevar por los besos que él depositaba en sus labios.

No necesitaban ocultar lo que sentían; tenían la valentía de ser completamente honestos el uno con el otro, confiando plenamente en que su amor era mutuo.

Ella lo extrañaba, y él a ella.

En cuanto sus labios se encontraron, fue como si una chispa encendiera un fuego abrasador que los envolvió por completo. La temperatura en la oficina se disparó, y la situación escaló sin control.

Mucho tiempo después, Isabella se encontraba recostada en el sofá, agotada pero feliz en los brazos de Jairo, sin saber exactamente en qué momento la había llevado hasta allí. Era la hora de descanso del mediodía, así que no estaba interrumpiendo su trabajo.

—No te imaginas lo peligroso que fue ir al pueblo natal de Helena esta vez.

Le relató todo lo sucedido en esos días con lujo de detalles, poniendo toda su emoción en cada palabra. Jairo simplemente escuchaba, asintiendo o comentando de vez en cuando, con una sonrisa que no se borraba de su rostro.

Le encantaba escuchar a su esposa. Ella tenía el don de convertir hasta la anécdota más aburrida en una historia fascinante, como si estuviera escuchando un audiolibro atrapante.

—¿Y sabes qué otro secreto enorme descubrí?

—¿Qué cosa? —preguntó Jairo, acomodando detrás de la oreja un mechón de cabello que casi se le mete a la boca a Isabella.

—¡Leandro le confesó sus sentimientos a la ingeniera Cordero! —dijo Isabella, adoptando un tono de misterio total—. Y yo no tenía ni la más mínima idea.

—Ah.

—¿No estás sorprendido? ¡Leandro y la ingeniera!

—Me preguntó antes de declararse.

—¿Qué?

—Le dije que no le diera tantas vueltas, que un hombre valiente no se anda con rodeos. Que si le gusta, que se lo diga. Si ella acepta, perfecto, están juntos; si lo rechaza, que se esfuerce más.

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