—Él quería entrar a la fuerza, pero se lo impedí. Le cerré la puerta en la cara y le puse seguro, y eso fue lo que desató su furia. Por supuesto, no lo hice para proteger a la familia Quintero de las represalias de la familia Silva. Lo hice simplemente porque soy la asistente de Sabrina y no podía permitir que le hicieran daño.
El rostro de Eugenio cambió de color varias veces. Seguramente acababa de asimilar que, si Simón hubiera logrado abusar de Sabrina la noche anterior...
¡La familia Silva los habría hundido en la miseria!
—¡Deja de decir estupideces! —bramó él.
Aunque por dentro estaba aterrorizado por lo que pudo haber pasado, Eugenio jamás permitiría mostrarse vulnerable ante ella.
—¡Si te atreves a seguir inventando mentiras, te aseguro que te arrepentirás!
—No le mencioné este detalle a la policía.
—Tú...
—Aún conservo un poco de aprecio por el pasado. Al menos, la señora Quintero fue buena conmigo en su momento.
Eugenio apretó los labios. Sintió un profundo alivio al saber que Martina no había involucrado a la familia Silva en su declaración, pero también comprendió que no podía empujarla al límite. No podía arriesgarse a que abriera la boca.
Se quedó pensativo por un momento, abrió su maletín y sacó un grueso fajo de billetes.
—Lo único que tienes que hacer es decirle a la policía que lo de anoche fue un malentendido. Diles que Simón nunca intentó propasarse y que no sufriste ningún daño. Haz que lo liberen. —Deslizó el fajo de dinero hacia Martina—. Y todo esto será tuyo.
Martina empujó el dinero de vuelta sin dudarlo.
—Ya he sido bastante considerada al no involucrar a Sabrina en esto. Pero él me lastimó, y pienso llevar esto hasta las últimas consecuencias.
Eugenio la fulminó con la mirada.
—Dejar las cosas por la paz te conviene más.
—Me considera usted demasiado tolerante, señor Quintero. Y demasiado cobarde.
—¿De verdad no piensas dejar en paz a Simón?
Se quedó de pie viendo cómo la camioneta negra se alejaba y luego pidió un taxi para ir a su casa.
Al llegar, lo primero que hizo fue meterse a la ducha.
Fue solo al quitarse la ropa cuando pudo ver la verdadera magnitud de sus heridas.
Tenía rasguños profundos de cuando la había arrastrado por el suelo, marcas rojas de golpes, y la piel estaba cubierta de moretones violáceos. Algunas de las heridas aún supuraban un poco de sangre.
Soportando el ardor, se bañó y luego se dejó caer pesadamente sobre la cama.
En realidad, esa noche no tenía por qué haber recibido una paliza tan brutal. Pudo haber huido al principio, o defenderse de manera más efectiva cuando Simón la arrastró hacia el jardín. Pudo haber evitado esa violencia desde el primer momento, pero decidió no hacerlo.
Llamó a la policía y esperó a que llegaran. Quería que lo atraparan con las manos en la masa y lo enviaran directo a una celda.
Mientras ella no diera su brazo a torcer, Simón terminaría pudriéndose en prisión.
Y de esa manera, él perdería para siempre cualquier oportunidad de disputarle la herencia a Romeo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...