Si ella no tuviera esa maldita enfermedad, le habría dicho con el corazón en la mano:
«Si tú puedes dejar atrás el pasado, yo también puedo. Volvamos a estar juntos.»
Incluso sabiendo que, al volver, quizás no serían del todo felices. Quizás seguirían reprochándose cosas, quizás se arrepentirían en muchos momentos, y hasta terminían desgastando el amor que les quedaba. Pero, aun así, se lo habría dicho.
¡Qué importaba el futuro! Al menos ahora se amaban. Si al final el amor se acababa y se separaban, ya no dolería tanto.
Pero estaba enferma. Estaba a punto de morir, y ya no podía darse el lujo de ser tan egoísta y dejar a Romeo sufriendo solo en este mundo.
—Romeo, ¿de verdad crees que te ves muy romántico actuando así? —preguntó ella con frialdad.
—Sabes perfectamente a qué me refiero.
—Lo sé. Y me da mucho asco.
—¿Asco? —Romeo se sentó de golpe, mirándola sin poder creer lo que acababa de escuchar.
Martina le sostuvo la mirada, aunque en la oscuridad de la noche no podía verlo con total claridad. Con suerte, él tampoco notaría que estaba mintiendo.
—Crees que perdonar mi pasado y aceptar a la mujer que soy ahora es un gran sacrificio de tu parte. Lo ves como un acto de caridad hacia mí. Ay, Romeo... ya no necesito tu caridad. Ya no te amo.
—Nunca pensé eso. No es caridad ni perdón, yo... ¿Cómo que ya no me amas? —Romeo intentó explicarse desesperadamente, pero al final sus propias palabras lo golpearon con fuerza. Se quedó paralizado. Estaba claro que, en medio de todas sus dudas y luchas internas, nunca se le cruzó por la mente la posibilidad de que Martina ya no lo amara.
—Estás... estás mintiendo —dijo con voz áspera.
—¿Quieres acercarte para ver bien si estoy mintiendo?
—Martina, piénsalo bien. Esta es la última oportunidad... la última oportunidad para nosotros.
—No la necesito —se burló ella con desprecio—. Es tu última oportunidad, pero a mí ya no me interesa.
Romeo la fulminó con la mirada, respirando cada vez más fuerte. Justo cuando Martina pensó que se abalanzaría sobre ella para darle una cachetada, él soltó una carcajada amarga.
Antes de salir, se detuvo en seco.
—Martina, a partir de este momento, yo tampoco te amo. Es más, hablar de amor contigo es un insulto para esa palabra.
Dicho esto, se marchó a paso rápido.
Iba tan deprisa que no se dio cuenta de nada. Si se hubiera quedado un segundo más, si se hubiera acercado a la cama para mirarla a la cara, habría visto que ella ya estaba bañada en lágrimas. Habría visto su dolor, mucho más profundo que el de él, y lo mucho que le costaba dejarlo ir.
Finalmente, Martina rompió a llorar desconsoladamente.
Quería gritarle al cielo, preguntarle por qué la trataba así. ¿Por qué siempre la dejaba acercarse a la felicidad para luego arrojarla de golpe al infierno?
El día que Martina fue dada de alta, la señora Quintero volvió a visitarla.
—El caso contra Simón Quintero por el intento de abuso aún no ha terminado, pero ya averigüé y es un hecho que irá a prisión.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...