Martina no sabía qué le gustaba comer a la niña, así que pidió hamburguesas, pollo frito y refresco. Supuso que a todos los niños les encantaba eso. Aunque no era la comida más sana, de vez en cuando no hacía daño.
No sabía si Yara de verdad tenía mucha hambre o simplemente le pareció delicioso, pero comía a grandes mordiscos, dejando atrás cualquier rastro de timidez.
Fue entonces cuando Martina notó que la niña tenía cicatrices en los brazos, parecían quemaduras de cigarrillo.
Sintió una punzada en el corazón.
—¿Cómo te llamas?
—Yara Solís. —Tenía la boca llena de hamburguesa, pero aun así fue muy educada. Al responder, levantó la mirada hacia Martina y se dio cuenta de que le estaba mirando los brazos.
Yara rápidamente se bajó las mangas para ocultar las cicatrices.
—¿Quién te lastimó? —preguntó Martina con cautela.
—Nadie.
—¿Cómo que nadie?
—No se meta.
—¿Fue tu papá...?
—¡Él no fue!
Martina apretó los labios. Las quemaduras de cigarrillo solían ser hechas por hombres, así que lo primero que pensó fue en Zacarías, pero un hombre que parecía tan ingenuo no encajaba con el perfil de alguien que maltratara a su hija.
—Fue... fue mi mamá.
—¿Eh?
Yara bajó la cabeza.
—Es que estaba muy cansada. Salía a trabajar todos los días, pero el dinero no le alcanzaba para mantenernos a las dos, así que se ponía de muy mal humor.
—Pero eso no le da derecho a tratarte así.
—No la odio.
Martina dejó escapar un suspiro. Con razón Zacarías había reclamado a su hija para criarla él mismo.
Últimamente, su energía se agotaba muy rápido. Después de hablar un rato con Yara, se sintió exhausta y no tardó en quedarse dormida.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya no había nadie en la habitación. Supuso que Yara se había ido.



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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...