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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1222

Yara levantó la mirada hacia ella y asintió.

Pero esa simple mirada hizo que Martina sintiera un escalofrío; los ojos de la niña temblaban y sus pupilas estaban dilatadas, como si estuviera enfrentando algo aterrador.

Zacarías le dio un par de instrucciones más a su madre y luego llamó a Martina para que salieran del pueblo.

Sin embargo, a mitad de camino, los truenos empezaron a retumbar en el cielo y poco después se desató una tormenta.

Con la lluvia era imposible transitar por los caminos de tierra de la montaña, así que los tres tuvieron que regresar corriendo.

—No nos queda de otra, parece que esta noche tendremos que dormir en mi casa —dijo Zacarías.

Martina miró la lluvia torrencial y se resignó; no había nada que hacer. ¿Por qué tenía que empezar a llover justo en ese momento?

—Señorita Palacios, espero no le importe compartir la habitación del lado este con Yara. Yo armaré una cama improvisada en la sala y así pasaremos la noche.

—Me parece bien. Ojalá deje de llover pronto.

De cenar hubo una simple sopa, pues al llegar de improviso no traían nada, así que tuvieron que conformarse con lo poco que había en la despensa.

—Tu mamá no puede estar comiendo siempre esto, ¿verdad?

Hace un rato, cuando Martina fue a la cocina a buscar la comida, notó que no solo estaba sucia y desordenada, sino que todos los frascos y recipientes estaban vacíos. Le costaba imaginar de qué se alimentaba la anciana a diario.

—Todos los meses le mando dinero, pero está tan acostumbrada a ahorrar que se niega a gastarlo. —Al llegar a este punto, Zacarías volvió a suspirar—. En realidad, es culpa mía por no ser lo suficientemente capaz. Debería habérmela llevado a la ciudad para cuidarla.

—Pero si eres el chofer de la señorita Sabrina, tu sueldo no debe ser tan malo, ¿o sí?

—Hace unos años me tuvieron que hacer una cirugía importante y me endeudé muchísimo. Todavía no termino de pagar, así que...

Martina comprendió la situación; si ese era el caso, entonces tenía sentido.

La anciana se comió su tazón y se fue a sentar a la puerta para disfrutar del viento fresco. Yara se quedó sentada en silencio después de terminar su cena, con la cabeza gacha, sin decir una palabra.

Martina supuso que la estaba esperando, así que se apresuró a terminar de comer y luego la tomó de la mano para que se fueran juntas a la habitación este.

Una vez que estuvo claro que tendrían que pasar la noche ahí, Yara limpió la habitación rápidamente. Aunque solo le quitó el polvo por encimita, seguía viéndose bastante sucia.

Pero no había de otra, tendrían que arreglárselas.

En cuanto entraron, Martina cerró la puerta con seguro, lo dudó un instante, y terminó atrancando una silla contra la perilla.

—¡No debió haber venido!

—¿Eh?

Martina procesó sus palabras un segundo.

—Al fin y al cabo, estabas a mi cargo cuando te perdiste, así que hasta cierto punto es mi responsabilidad. Solo estando segura de que estás bien, podré estar tranquila.

—Sé que usted es una buena persona.

—Esto no se trata de ser buena o mala...

—A la gente buena nunca le va bien.

Martina frunció aún más el ceño. ¿Qué intentaba decirle esta niña? Le daba la impresión de que quería advertirle algo, pero se contenía por miedo.

Pero Martina estaba exhausta; poco después de cerrar los ojos, se quedó profundamente dormida.

Un rato después, cuando ya estaba completamente dormida, una sombra negra y corpulenta apareció al otro lado de la ventana y dio unos golpecitos en el cristal.

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