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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1237

A la mañana siguiente, Isabella Quintero y Floriana llegaron temprano al hospital, solo para descubrir que Martina no estaba en su habitación.

Preocupadas, buscaron a las enfermeras y recorrieron cada rincón del edificio. No encontraron a Martina, pero hallaron a Víctor sentado en un banco del jardín exterior, fumando sin parar.

—Se fueron.

Floriana lo miró desconcertada.

—¿Quiénes se fueron?

—Martina y Romeo.

Al comprender la situación, Floriana se alteró.

—¿Cómo dejaste que se fueran? ¡Martina está gravísima...!

Pero al decir eso, las palabras se le atascaron en la garganta.

¿Qué otra opción había?

Quedarse en el hospital solo significaba esperar la muerte. Si podía pasar sus últimos días junto al amor de su vida, recorriendo los lugares que siempre soñó, esa era sin duda la mejor opción para Martina. Solo que...

Isabella le dio unas palmaditas en el hombro a Floriana.

—Martina ya se despidió de nosotros anoche. Dejémoslo así.

Víctor los había visto marcharse con sus propios ojos. Daba una calada tras otra a su cigarrillo. En cuestión de un día, había tenido que asimilar la inminente pérdida de su mejor amiga.

—Aún me siento culpable por ella.

Su voz era áspera.

—Hace años, cuando ella me pidió ayuda, si yo le hubiera tendido la mano, tal vez su vida no habría terminado de esta manera.

—Víctor, el destino quiso que ustedes fueran amigos.

Al principio fue culpa, luego un intercambio de sinceridad. Descubrieron que eran almas gemelas, compartieron el abismo y se salvaron mutuamente. Era difícil encontrar una amistad tan pura e incondicional en este mundo.

Floriana dejó escapar un largo suspiro.

—Me pregunto a dónde habrán ido.

El auto avanzaba sin detenerse. Esa era la promesa entre Romeo y Martina.

—Quiero estar siempre en la carretera, seguir adelante hasta llegar al lugar más lejano que mi vida me permita.

Romeo ajustó la manta sobre los hombros de Martina.

—Nuestra próxima parada es el Lago de los Sauces. Llegaremos mañana.

—Y luego regresarás a Nublario. Buscarás un rincón solitario para llorar con todas tus fuerzas. Y cuando termines, guardarás mi recuerdo en un cajón. No pienses más en mí, no me busques, y vive una vida hermosa.

—Haré todo lo que me pidas.

Con esa promesa, Martina se quedó profundamente dormida. Deseaba que al abrir los ojos ya estuvieran en el Lago de los Sauces, bajo la lluvia, para sentir las gotas caer junto al agua.

Un mes después, Víctor recibió una llamada de Romeo pidiéndole ayuda con los preparativos funerarios de Martina.

Estaban en Nueva Zelanda.

Los médicos habían pronosticado que Martina viviría a lo sumo una semana, pero ella, aferrada a la vida, resistió un mes entero. Falleció en los brazos de su gran amor, frente a las infinitas praderas de Nueva Zelanda.

Isabella y Floriana acompañaron a Víctor. Sin embargo, al llegar a la dirección que Romeo les había dado y abrir la puerta de la cabaña, se encontraron con dos personas recostadas en la cama.

Martina y Romeo.

Él también estaba muerto.

Había tomado un frasco entero de pastillas para dormir. No soportó la vida sin ella y decidió acompañarla al más allá.

Los tres se quedaron paralizados, devastados por el dolor. Jamás imaginaron que Romeo tomaría una decisión tan extrema.

Así, el funeral de uno se convirtió en el funeral de dos. Esparcieron las cenizas de ambos en las praderas donde habían pasado sus últimos instantes juntos. De ahora en adelante, cada brizna de pasto y cada flor que naciera en esa tierra, serían ellos.

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