—Mamá, ella es la tía Martina... ella, ella está así por mi culpa.
La mujer junto a la cama era la madre de Yara. Llevaba un gorrito de lana, pero era evidente que no tenía cabello, probablemente a causa de las quimioterapias. Su rostro pálido y demacrado lo decía todo.
Ambas habían tenido una vida demasiado trágica.
Martina negó con la cabeza lentamente.
—No fue tu culpa. Fueron esos criminales, pero ya se los llevó la policía.
—Tía Martina, de verdad, lo siento muchísimo.
Martina volvió a negar con la cabeza y se acercó a la camilla.
La mujer se apresuró a acercarle una silla.
—Señorita Palacios, Yara ya me contó todo. Ese Zacarías es un animal. Nunca imaginé que se la llevaría para hacerle algo así, y mucho menos que la lastimaría a usted.
La mujer estaba deshecha en culpa y no paraba de pedir perdón.
Si esto hubiera pasado tiempo atrás, tal vez Martina habría sentido algo de rencor hacia Yara. Pero sabiendo que le quedaban pocos días de vida, ya no tenía fuerzas ni motivos para odiar a nadie.
—Yara me habló de su enfermedad —suspiró Martina, metiendo la mano en el bolsillo de su bata para sacar su propia tarjeta bancaria—. Aquí hay algo de dinero. No es una fortuna, pero espero que les sirva de ayuda.
—Señorita Palacios, ya le hemos causado una desgracia terrible, no podemos aceptar su dinero —dijo la mujer, intentando devolverle la tarjeta apresuradamente.
—La verdad es que a mí ya no me sirve de nada este dinero. Si puede ayudarlas, tómenlo como una buena obra de mi parte para irme en paz.
Martina insistió y le puso la tarjeta en las manos a la mujer.
—Siga su tratamiento médico con fe y cuide mucho de Yara. Que ustedes dos no vuelvan a separarse nunca.
La mujer no paraba de darle las gracias, llorando de gratitud.
Martina sabía que iba a morir pronto. Decirles que se lo pagarían en el futuro sería una vil mentira.
—Tía Martina, usted es un ángel. Le prometo que, cuando llegue su hora, irá directo al cielo —dijo Yara, mirándola con sinceridad.
Martina sonrió suavemente.
—Ojalá así sea.
Se levantó y salió de la habitación. Aunque no sabía si el cielo existía realmente, las palabras de la chica le habían dado un extraño consuelo.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...