La habitación que Thiago había reservado para sí mismo no era precisamente amplia; con una cama matrimonial y un sillón individual, el espacio resultaba bastante ajustado. Sin embargo, la vista desde la ventana era espectacular, ofreciendo una panorámica directa del lago cercano y las montañas en la orilla opuesta.
Las cortinas estaban abiertas. Renata, ya despojada de su ropa y vistiendo únicamente una camisa, estaba sentada a horcajadas sobre Thiago, esforzándose por complacerlo.
Thiago dio una última calada a su cigarrillo y pareció que solo entonces centró su atención en ella. Con un cambio de actitud, extendió la mano y la agarró por la cintura. Al ver que ella fruncía el ceño por el dolor, apretó con más fuerza, movido por una intención perversa.
Con el golpe que había recibido del auto hace un rato, si sus costillas no estaban rotas, al menos debían tener una fisura. Además, la zona de la cintura parecía haber sufrido una torcedura.
A pesar del intenso dolor, Renata no hizo ningún intento por detener a Thiago.
—¿No vas a suplicarme? —Thiago arqueó una ceja.
Renata bajó la mirada hacia él, tal vez intentando descifrar su estado de ánimo. Tras pensarlo un instante, se levantó un poco la camisa, la mordió y luego se acurrucó contra su pecho.
—Me duele —murmuró en voz baja.
Thiago quedó muy satisfecho con esa muestra oportuna de vulnerabilidad, así que de inmediato aflojó el agarre.
—Cuando ese auto se acercó, empujaste a Nadia y evitaste que saliera lastimada. Buen trabajo.
—Gracias por el cumplido, señor Flores.
Thiago la tomó por la barbilla, con una mirada llena de picardía.
—¿Cómo quieres que me lo agradezca?
Renata empujó a Thiago para que se recostara en el sillón.
—Esta vez, déjamelo a mí.
Thiago entrecerró los ojos.
—¿Sabes por qué me gusta tanto acostarme contigo?
—¿Por qué?
—Porque cuando llevas esos anteojos eres la mujer más recatada y aburrida del mundo, pero en cuanto te los quitas, te conviertes en una gatita insaciable. Me encanta mirarte con tus lentes puestos e imaginarte en mi cama, y luego...
—¿Y luego qué?
—Luego no dejo de saborear la forma en que te transformas.
—¿Solo saborearlo?
—Tengo demasiadas obras de arte. La verdad, no recuerdo cuándo pinté esta en ti.
—Fue anteayer.
—¿Anteayer?
—Fuiste a visitar a Nadi al set de grabación. Ella se fue a grabar y nosotros nos quedamos en su casa rodante...
Por supuesto que Thiago no lo había olvidado; solo estaba bromeando con ella. Sin embargo, al escuchar que había sido en la casa rodante de Nadia, no pudo evitar sentirse un poco incómodo.
—¡Quién te manda a provocararme!
—Yo solo te llevé un vaso de agua.
—¿Quién lleva agua y casualmente se le desabrochan los botones de la blusa?
—Te aseguro que... saltaron solos.
Thiago soltó una maldición por lo bajo, tiró de Renata hacia sí y la besó en esos labios tan provocadores, mientras sus manos no podían evitar castigar al par de culpables de toda esa situación.
Renata tenía un cuerpo espectacular, unas curvas envidiables que podrían considerarse un arma letal, pero siempre llevaba ropa holgada para ocultarlo a propósito. Por eso, en los ocho años que llevaba en la empresa, Thiago nunca se había fijado en ella. Hasta que se convirtió en la asistente de Nadia y, en una ocasión en la que él había bebido de más, ella fue a cuidarlo. Él la confundió con Nadia, y así fue como ocurrió aquella primera noche, dando inicio a una adicción que no pudo detener.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...