—La mejor forma de solucionar esto es ir a pedirle disculpas a Manuela y rogarle que regrese a la grabación. Incluso si se niega a volver, al menos debemos asegurarnos de que no publique ninguna locura en internet.
Leticia hizo una pausa antes de continuar.
—La culpa de todo esto la tiene Renata, aunque admito que yo también tengo parte de responsabilidad. Así que seré yo quien la lleve a disculparse con Manuela.
Renata levantó la mirada y, tras dudar un instante, habló:
—No creo haber hecho nada malo.
—¡Renata! No estamos debatiendo si tienes razón o no. ¡Te estoy ordenando que vengas conmigo a pedirle perdón a Manuela!
—No me equivoqué, ¡y no voy a pedir disculpas!
—¿Eres estúpida o te haces? ¿No me escuchas?
—Me parece que son ustedes quienes no entienden lo que digo.
—Solo eres una simple asistente...
—¡Que sea una asistente no significa que puedan pisotearme a su antojo!
—¡Tú!
En ese momento, un vaso de agua voló directamente hacia Renata. Ella alcanzó a esquivarlo por poco. El vaso se estrelló contra la pared a sus espaldas con un fuerte estruendo, salpicándola.
La responsable era Nadia, quien la fulminaba con la mirada.
—¡Si no quieres pedir disculpas, entonces renuncia! Hasta ahora te había soportado a pesar de lo inútil que eres solo porque eras obediente. Pero si ya ni siquiera sabes acatar órdenes, ¡no me sirves para nada!
Renata, aún con el corazón latiendo a mil por hora, se llevó una mano al pecho.
Si no se hubiera apartado a tiempo, ese vaso le habría roto la cabeza y estaría sangrando profusamente...
Nadie más se esperaba que Nadia llegara a los golpes. Los demás presentes agacharon la cabeza y se quedaron en silencio, rogando no salir salpicados en el problema.
—Pueden despedirme, pero no tienen derecho a humillarme.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...