Leticia se le quedó viendo. Por un instante, tuvo la sensación de que Renata había cobrado vida de repente.
No es que hubiera dado un giro de ciento ochenta grados, sino que siempre les había mostrado una faceta apagada y sumisa, y tal vez... tal vez todo ese tiempo había estado actuando.
—Será mejor que empieces a sentir un poco de lástima por ti misma. Vender el cuerpo jamás te asegurará el corazón de un hombre.
—No todas las mujeres consideramos que el corazón de un hombre sea un premio, Leticia. A fin de cuentas, a usted tampoco le sirvió de mucho, ¿o sí?
—¡Tú!
El rostro de Leticia se ensombreció. Mientras ella se partía la espalda construyendo su carrera, su esposo se había estado acostando con otra. Apenas el año pasado había logrado finalizar el tortuoso divorcio. ¡Y ahora esta mocosa se atrevía a usar eso para burlarse de ella!
—¡Más te vale estar preparada para cuando la empresa te corra! Jamás volverás a encontrar un trabajo tan fácil y bien pagado como este.
Renata bajó la mirada.
—No creo que este trabajo sea nada fácil.
Al llegar a la residencia de Manuela, encontraron a la productora horneando un pastel.
—Siéntense en el patio mientras termino.
El patio de Manuela era enorme, lleno de flores coloridas y un pequeño huerto de vegetales. Sin embargo, lo que capturó la atención de Renata fue el muro principal. Estaba cubierto de pinturas que, juntas, narraban una historia completa.
—Yo pinté ese mural —dijo Manuela, acercándose con el postre recién hecho—. Me tomó tres meses terminarlo.
Colocó un plato frente a Renata primero y luego deslizó otro hacia Leticia, casi con desgana, como si fuera una molestia.
Renata le agradeció apresuradamente y luego señaló el mural.
—Creo que lo que verdaderamente anhelaba La Dama Mariposa no era esa flor en específico, sino respeto. Fue al darse cuenta de que jamás lo obtendría de su familia ni de sus amigos cuando finalmente perdió la razón, voló lejos y decidió no volver nunca más.
Manuela sonrió con calidez.
—Eres la primera persona que tiene la paciencia y la sensibilidad para interpretar bien esta historia.
—¡Aquí nadie te dio permiso de hablar! ¡Cállate la boca! —le gritó Leticia a Renata, antes de girarse hacia la anfitriona con una sonrisa tensa—.
—Manuela, el motivo de nuestra visita de hoy...
—¿Pero qué te hace pensar que no regresaría? —la interrumpió Manuela, ignorando por completo a Leticia y enfocando toda su atención en Renata.
Renata estaba a punto de responder cuando Leticia le dio un tirón disimulado en el brazo.
—Leticia —dijo Manuela, cambiando de tono—, ¿usted cree que valga la pena que La Dama Mariposa se vuelva loca solo por exigir un poco de respeto?
Lo cierto es que Leticia ni siquiera había prestado atención al mural. No tenía ni la paciencia ni el tiempo para esas tonterías; ella había ido a apagar un incendio de relaciones públicas, no a analizar arte. Pero al ser cuestionada directamente, echó un vistazo rápido a la pared.
—Sinceramente, no creo que valga la pena.
—¿Por qué no?
—Porque el precio es demasiado alto. Por ofender a todo el mundo, la obligaron a abandonar el jardín. ¿Y luego qué? ¿Se va a morir de hambre? ¿O va a tener que resignarse a dejar el néctar para comer fruta podrida, o incluso cosas peores?
—¿Entonces el respeto no tiene valor para usted?
Leticia guardó silencio. No era ninguna estúpida. Sabía perfectamente que Manuela estaba usando la metáfora de la pintura para quejarse de la falta de respeto de Nadia.
—¿Acaso a usted no le importaría abandonar este jardín, Manuela? —insinuó la mánager.
Manuela entrecerró los ojos.
—¿Desde cuándo este jardín le pertenece a una sola persona?
—Bueno... siempre hay figuras de gran peso que imponen las reglas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...