—¿O sea que esa figura de gran peso está dispuesta a pisotear las reglas, ignorar los derechos de las demás mariposas y destruir todo el ecosistema del jardín solo por los caprichos de una mariposita en particular? —replicó Manuela.
Leticia soltó una risita.
—Creo que esa mariposita no tiene tanta influencia como usted imagina.
—Yo no estaría tan segura.
Leticia bajó la mirada. Su intención no era hacer enfadar aún más a Manuela. Al fin y al cabo, ella era una veterana con contactos muy importantes en el medio; ganarse su enemistad sería un error garrafal.
—Manuela, siendo muy honestas, hoy vinimos a ofrecerle una disculpa.
La productora miró a su alrededor fingiendo confusión.
—¿Disculpa? Pero si ustedes dos no me han hecho nada. ¿Por qué tendrían que disculparse?
—Los brazaletes de oro no fueron elegidos por Nadia. Fue ella —dijo Leticia, señalando a Renata—. Y como fue su estupidez lo que causó el malentendido entre usted y Nadia, es evidente que es ella quien debe pedirle perdón.
Tras soltar esas palabras, Leticia se giró hacia Renata.
—¿Qué estás esperando? Pídele perdón a Manuela.
Renata se puso de pie, pero antes de que pudiera abrir la boca, Manuela levantó la mano para detenerla, clavando una mirada gélida en Leticia.
—¿Esa es la sinceridad de su empresa? ¿Culpar a alguien inocente y obligarla a dar la cara para disculparse conmigo?
—Le juro que ella fue quien eligió ese regalo...
—¿Y qué tiene de malo el regalo en sí?
Leticia frunció el ceño, sintiéndose acorralada.
—Nosotras sabíamos del escándalo de infidelidad de su nuera...
—¡Cállese! —bramó Manuela—. ¡No le permito que hable de mi familia!
—Manuela, por favor, no quería ofenderla. Solo pienso que se está haciendo una tormenta en un vaso de agua por algo insignificante. Nuestra disculpa es sincera, no veo la necesidad de que siga aferrada a este detalle.
—Pues qué pena, porque no veo esa supuesta sinceridad por ninguna parte.
—¿Qué más quiere? ¿Que nos arrodillemos ante usted?
—Yo no le he pedido que se arrodille, y mucho menos se lo pediría a ella.
—Ah... ¿entonces espera que sea Nadia quien venga a pedirle disculpas de rodillas?
—Digamos que acepto su disculpa. ¿Qué sigue?
—Nos gustaría que regresara al equipo y continuara con las grabaciones —respondió la mánager apresuradamente.
—Tendré que pensarlo.
Leticia asintió repetidas veces, aliviada.
—Estaremos esperando sus buenas noticias.
Antes de irse, Manuela empacó una buena porción del postre que había preparado y se lo regaló a Renata.
Una vez que subieron al auto, Leticia observó la bolsa en las manos de la asistente.
—Parece que Manuela te ha tomado cariño.
Renata no respondió, simplemente apretó la bolsa con un poco más de fuerza.
Sabía perfectamente que había logrado captar la atención de Manuela. Si cumpliría su objetivo o no, dependía enteramente de si su guion era lo suficientemente bueno como para convencerla.
—Pero no te confundas. Manuela solo se fijó en ti por lástima —añadió Leticia con desdén—. No vayas a hacerte ideas locas, creyendo que tienes otras opciones de trabajo o confundiendo su compasión con genuina admiración.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...