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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1272

—Llegados a este punto, la única salvación es encontrar a Renata y obligarla a confesar que fue su amante y pedirle disculpas públicas a Nadia. Solo así calmaremos a las masas y salvaremos su carrera.

Thiago exhaló un suspiro de agotamiento.

—No tengo idea de dónde se metió.

—He estado pensando... ¿y si regresó a su pueblo?

Thiago asintió lentamente. Tenía sentido. Con su madre muerta, lo más lógico era que llevara sus cenizas a su pueblo natal para darle sepultura. El problema era que él no sabía de dónde venía.

—Yo tengo la dirección de su pueblo.

Thiago levantó la vista de golpe.

—¿La tienes?

Leticia asintió. Al ser empleada de la empresa, su expediente de recursos humanos contenía todos sus datos personales.

—Quiero ir ahora mismo. Ruego a Dios que esté allí.

Thiago evaluó la situación.

—Yo iré a buscar a Renata. Tú ve directo a casa de Nadia, quédate pegada a ella y confíscale el celular. Que no publique ni una sola letra más.

—De acuerdo.

En realidad, el plan de Leticia desde que entró a la oficina era precisamente ese: lograr que Thiago fuera en persona a buscar a Renata. El triángulo amoroso de esos tres era una bomba de tiempo, y Leticia prefería no ensuciarse las manos para no salir salpicada.

Con la dirección en mano, Thiago se subió a su auto y aceleró a fondo.

El pueblo de Renata no estaba tan lejos de Nublario. Era un lugar pequeño, con calles estrechas y un aire tradicional.

Llegó en la madrugada. Como no conocía la zona, pasó la noche en un hotel barato y, al amanecer, con las indicaciones de la recepcionista, se adentró en un viejo callejón hasta encontrar la casa.

Era una casita modesta con un patio frontal. La puerta estaba cerrada. Tuvo que golpear con fuerza durante varios minutos hasta que alguien finalmente abrió.

Era Renata.

Al verla, Thiago dio un paso atrás, conmocionado. Apenas habían pasado dos días, pero había perdido tanto peso que parecía un fantasma. Su rostro estaba pálido, ojeroso y vacío de cualquier emoción. Parecía que le habían arrancado el alma del cuerpo.

Ella no reaccionó al verlo. Lo miró con apatía y, sin decir palabra, se dio la vuelta para regresar al interior.

Thiago entró tras ella. El patio estaba invadido por la maleza, señal del abandono. El interior de la casa era un desorden melancólico. Y ahí, justo en el centro de la sala, descansaba el retrato de luto de la madre de Renata, iluminado por una tenue luz.

—Te estuve buscando desesperadamente durante dos días. Te llamé infinidad de veces. Tuve que ir hasta el sanatorio para enterarme de que tu madre había fallecido —soltó Thiago, incapaz de ocultar el reproche en su voz.

Thiago guardó silencio un momento.

—Hablaremos cuando regreses.

—No tengo planes de regresar por ahora, así que será mejor que hables ya.

—Aunque no vayas, tienes que reportarte con la empresa.

—¿O qué? ¿Me van a despedir?

—La empresa no es tan inhumana.

—¿Inhumana?

Renata soltó una carcajada seca y cargada de desprecio puro.

¿Inhumana? ¿Dónde estaba la humanidad cuando la golpeaban hasta hacerla sangrar?

Esa actitud rebelde incomodó profundamente a Thiago. Ella jamás le había hablado con ese tono.

—No voy a discutir contigo, pero sí, vine porque es una emergencia. Necesito que entres a tus redes sociales y les digas a todos esos que atacan a Nadia que tú eres la amante. Que merecías los golpes. Y que le pides perdón públicamente.

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