—Thiago, ¿entonces es verdad? —preguntó Renata, clavando su mirada en él.
—¿Qué cosa es verdad?
—¿De verdad soy la amante que se metió en tu relación para seducirte?
Thiago exhaló con impaciencia.
—Ya te dije que es solo una estrategia para calmar a la turba de internet.
—Entonces no lo soy, ¿verdad?
—No tiene sentido discutir esto ahora.
—¿Cómo no va a tener sentido? Mi madre está aquí mismo, escuchándonos.
Thiago volteó hacia el retrato en blanco y negro sobre la mesa. De pronto, un golpe de culpa lo atravesó al darse cuenta de que jamás, ni una sola vez, había visitado a la madre de Renata en el hospital.
Suspiró, a punto de admitir que, por supuesto, ella no era la amante. Pero de reojo vio el celular de Renata sobre la mesa. La pantalla estaba encendida, grabando la conversación.
—¿Qué demonios significa esto?
Al ver que Thiago señalaba su teléfono, Renata no se inmutó. Habló con una calma sepulcral:
—Tú solo ves a la gente que ataca a Nadia por acosadora. Yo veo a la otra mitad, a los que me insultan llamándome prostituta, rompehogares, deseando que me atropelle un auto. Nadie va a salir a limpiar mi nombre, así que me toca hacerlo a mí misma.
—¿Así que planeabas grabar nuestra charla para filtrarla a los medios?
—Exactamente.
Thiago apretó la mandíbula hasta que le crujieron los dientes, y asintió con furia.
—¡Perfecto! ¡Súbelo! ¡Lo diré con todas las letras: tú te interpusiste en mi relación con Nadia! ¡Tú fuiste la tercera en discordia!
Renata lo observó con una tristeza tan profunda y desoladora que daba escalofríos. Era tristeza por sí misma. No le sorprendía la traición; en el fondo, jamás había esperado nada de él.
—Felicidades, jefe. Al fin cumplió su sueño de estar con Nadia —dijo Renata con un tono mordaz.
Por alguna razón que no logró comprender, esas palabras impactaron a Thiago como un puñetazo directo al estómago.
—L-lo que haya entre ella y yo no es de tu incumbencia.
—Solo lo estoy felicitando.
—¡No necesito tus malditas felicitaciones! —rugió Thiago.
Renata asintió con frialdad.
—Bien. Será la última vez que lo haga.
La irritación de Thiago se desbordó.
—Desde el momento en que confirmaste tu relación con Nadia, todo entre nosotros quedó sepultado, ¿no es así?
—¡Tú!
—Entonces, ¿con qué derecho vienes a darme órdenes?
Thiago miraba a esa mujer frente a él. Estaba a punto de estallar de ira por su insolencia, pero al mismo tiempo, sintió que esta era la verdadera Renata. Afilada, indomable, y no la chica débil y sumisa que todos creían conocer.
—Renata, veo que como tu madre ya está muerta, mi dinero y yo dejamos de serte útiles, ¿verdad? —siseó Thiago, entrecerrando los ojos.
Renata soltó un suspiro cansado.
—¿De qué otra forma cree el señor Flores que podría serme útil?
—¿Acaso no sientes ni un poco de...?
—¿De qué?
Thiago miró la inquebrantable frialdad en los ojos de Renata y supo que no tenía sentido terminar la pregunta. Ella nunca lo había amado. Nunca hubo sentimientos reales. Fue solo una transacción de carne por dinero; pura y fría conveniencia.
Y darse cuenta de eso le dolió de una manera que le quemaba las entrañas.
—Thiago... ¿recuerdas la primera vez que nos vimos? —preguntó Renata de repente, rompiendo el silencio.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...