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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1283

Al otro lado de la línea se hizo un largo silencio. Justo cuando Renata estaba a punto de colgar, Thiago volvió a hablar.

—Perdón... la verdad es que sí tomé de más.

—Mjm.

—Pero, como amigos, podrías venir a recogerme, ¿no?

—Nosotros no somos amigos.

—...

La respiración de Thiago se volvió más pesada al escucharla.

—No hay necesidad de que seamos enemigos, ¿no crees?

—Te odio.

—...

—Para ser más precisos, te guardo un profundo rencor.

—...

—Entonces, ¿con qué descaro te atreves a llamarme y decirme que podemos ser amiguitos así sin más?

Al terminar la frase, Renata soltó una risa amarga y cortó la llamada. Ni siquiera debió perder el tiempo respondiéndole, pero el descaro de pedirle que fuera a buscarlo le revolvió el estómago. Era como si Thiago hubiera borrado de su memoria todo el daño que le había hecho.

¿Pero por qué habría de olvidarlo? Ella recordaba perfectamente el ardor de cada golpe, y el dolor de los insultos cuando él la expuso en redes para tacharla de rompehogares.

De no haber guardado pruebas para defenderse, el linchamiento público habría acabado con ella.

Y si a eso le sumaba que Nadia había atropellado a su madre, lo que había entre ellos no era un simple disgusto, era una deuda imperdonable.

—Renata, declararme la guerra no te traerá ningún beneficio —murmuró él al vacío, como si ella aún estuviera en la línea.

—Se ve que el señor Flores no ha bebido lo suficiente —había sido la respuesta cortante de ella antes de colgar.

—¡Renata!

¿Acaso no se detendría hasta verla destruida?

Thiago respiraba con furia. Sentía la necesidad urgente de decirle algo para evitar que las cosas entre ellos se volvieran irremediables, pero, ¿qué demonios podía decirle?

A la mañana siguiente, Renata llegó temprano al set. Era el último día de grabación para Manuela y, como su asistente, tenía que encargarse de los detalles finales. Manuela le había pedido que preparara regalos de despedida para el equipo, así que se dedicó a entregarlos uno por uno.

Cuando llegó el turno de Nadia, dejó el obsequio en la pequeña mesa de cortesía junto a ella, dijo secamente que era de parte de Manuela, y dio media vuelta para irse.

—Ve a traerme un jugo de manzana —le ordenó Nadia con desprecio.

Renata frunció el ceño.

—¿Se te olvidó que ya no soy tu asistente?

Nadia arqueó una ceja, retadora.

—Te dije que vayas a comprarme un jugo de manzana.

Renata soltó una risa seca. Estaba claro que solo quería humillarla y tratarla como sirvienta.

—No tengo tiempo.

Y sin más, siguió caminando. Apenas había dado unos pasos cuando sintió un golpe sordo en la espalda. Al voltear, vio un plátano en el piso. La autora de la agresión era, por supuesto, Nadia.

La actriz la miraba con odio puro, como si estuviera a un segundo de abalanzarse sobre ella para arrancarle la piel.

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