Renata no entendía qué pasaba por la cabeza de Nadia. Ella tenía razones de sobra para odiarla a muerte, pero ¿qué motivos tenía Nadia para odiarla a ella?
Sin embargo, ya no iba a tolerar sus berrinches de niña rica. Se agachó, recogió el plátano del piso y se lo lanzó de regreso con fuerza.
La fruta cayó directamente en el regazo de Nadia. Renata había calculado el tiro; apuntó ahí y no a la cara porque no quería causarle problemas a Manuela.
Pero eso fue suficiente para desatar la furia de Nadia, quien se levantó de un salto y se abalanzó sobre ella, levantando la mano para abofetearla.
Esta vez, Renata no se encogió de miedo. Atrapó la muñeca de Nadia en el aire y la empujó con brusquedad.
—¡Tú... ¿cómo te atreves a tocarme?! —chilló Nadia, histérica.
—No te hagas la víctima —respondió Renata con una sonrisa fría—. Aquí hay cámaras por todas partes. Quedará clarísimo quién empezó esto y si te toqué o no.
Nadia apretó los dientes, escupiendo veneno.
—Te crees muy importante ahora, ¿verdad? ¡Una simple asistente que de la noche a la mañana se convierte en la aprendiz del señor López! Nadie me va a convencer de que fue por talento. Seguramente usaste con ese viejo los mismos trucos de cama que usabas con Thiago.
La mano de Renata cortó el aire y se estrelló de lleno contra la mejilla de Nadia con un sonido seco.
—¡Vuelve a abrir esa boca para ensuciar el nombre de mi maestro y te juro que te arrepentirás!
Nadia se quedó paralizada, con los ojos desorbitados, llevándose la mano a la mejilla. Jamás imaginó que Renata tendría el valor de golpearla frente a todos.
—¡Eres una maldita, te atreviste a...!
Cuando Nadia intentó devolverle el golpe, Renata la empujó con todas sus fuerzas. Nadia trastabilló hacia atrás, perdió el equilibrio y terminó chocando ruidosamente contra la estructura metálica de una carpa.
El estruendo hizo que todo el personal volteara a mirarlas.
—¡Todos la vieron! ¡Ella me pegó, Renata me pegó! —gritaba Nadia, intentando victimizarse.
Pero antes de que pudiera seguir con su drama, Renata se le fue encima y la agarró por el cuello de la camisa.
—¡Sí, te pegué, ¿y qué?! ¡Me importa un rábano si alguien lo graba y lo sube a internet! ¡Así de una vez por todas todos se darán cuenta de lo venenosa que eres!
Tras grabar las últimas escenas, Manuela se despidió rápidamente del director, de los técnicos y de los actores, y ambas salieron de prisa hacia la ciudad.
Esa misma tarde, el director Gaspar Andrade celebraba el ochenta cumpleaños de su madre. Manuela y Renata estaban invitadas, y la intención principal era aprovechar la ocasión para presentarle el libreto.
—Ya le envié las primeras páginas a Gaspar. Le encantó la premisa, por eso me mandó la invitación especial y me pidió que te llevara para conocerte en persona.
Renata sentía un nudo en el estómago. Iba a enfrentarse a un hombre famoso por su temperamento explosivo y su nivel de exigencia implacable. Cuenta la leyenda que, hace años, despidió a un guionista a mitad de una grabación y lo mandó en el primer vuelo de regreso porque no lograba darle los matices que él buscaba.
Y la lista de actores que había hecho llorar y luego vetado de sus producciones era interminable.
—Tranquila, respira. Es gruñón, sí, pero sabe reconocer el talento cuando lo ve. Cuando te haga preguntas, solo responde con la verdad y desde el corazón.
Llegaron a la Mansión Andrade, una residencia imponente cuya entrada ya estaba rodeada por una flota de autos de lujo.
En el gran salón de eventos, Gaspar Andrade estaba rodeado de los pesos pesados de la industria. No era un buen momento para abordarlo. Manuela le pidió a Renata que se diera una vuelta por el lugar mientras ella subía a presentarle sus respetos a la festejada.
Renata respiró hondo un par de veces, buscando un rincón tranquilo para sentarse y calmar los nervios, pero justo en ese momento, vio entrar por la puerta principal a Thiago, caminando del brazo de Nadia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...