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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 1306

Sí, estaba molesto.

Renata no supo qué hacer. Pensó que solo le había hecho una pregunta, ¿acaso lo había ofendido?

—¿Tú eres Renato?

—¿Eh?

—¿Estás sorda?

—No, yo... me llamo Renata, no Renato.

En ese instante reaccionó. Ese hombre era Fabrizio Carrillo. ¡Era completamente distinto a lo que imaginaba!

Pensó que sería una especie de ermitaño salvaje, pero parecía un joven de la alta sociedad.

¿Para quién se arreglaba tanto en medio de la nada?

Al escuchar su respuesta, el rostro del hombre se oscureció aún más.

—Vete de aquí inmediatamente.

—¿Eh?

Renata soltó un quejido de sorpresa, pero entendiendo lo que insinuaba, se apresuró a explicarse:

—No soy sorda, es que no entendí bien. Ah, por cierto, el director Andrade me recomendó.

El hombre ni siquiera dejó que terminara y siguió caminando hacia la cabaña.

Renata se secó el sudor frío. Sabía que sería difícil tratar con él, pero no esperaba que fuera imposible.

—Señor Carrillo, ¿es porque llegué tarde? Pero acordamos a las dos de la tarde y apenas es la una. ¿O acaso llegué muy temprano? Si hay algo que no le agrada, dígamelo y lo tendré en cuenta. ¿Podría decir algo? Viajé desde muy lejos, de verdad vengo con las mejores intenciones.

—Tú...

El hombre se detuvo en seco.

—¿Qué le pasa a Gaspar? Sabe perfectamente que detesto a la gente estúpida.

Renata se quedó sin palabras.

_¿Acaba de insultarme?_

Respiró hondo, recordándose que iba a pedirle un favor y no podía enojarse.

—Señor Carrillo, mi intelecto es completamente normal. Si usted me habla claro, le aseguro que entenderé.

—¿Él me dijo que te llamabas Renato?

—¿Y entonces?

Le pareció una frase patética, pero, para su sorpresa, Fabrizio se detuvo y miró la bolsa.

—¿Tienes cebolla, ajo y especias?

—Sí.

—¿Tienes cordero?

Renata apretó los labios. _¿Tenía que ser cordero?_

Por suerte, sí lo había comprado. Iba a comprar carne de res, pero como no se veía muy fresca, eligió cordero.

—Sí.

Ese simple «sí» hizo que el semblante de Fabrizio mejorara drásticamente.

—Ven conmigo.

Renata asintió, todavía confundida, y lo siguió.

Menos mal que había comprado cordero, de lo contrario habría hecho ese viaje en vano.

_Qué tipo tan raro._

Pero lo más extraño fue que, al entrar a la cabaña, le quitó los ingredientes de las manos, la echó de la cocina cuando ella ofreció cocinar, y se puso a preparar todo él mismo con gran entusiasmo.

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