—¿También la golpea en plena calle? —preguntó Renata, horrorizada.
—A ese infeliz no le importa el lugar —explicó la dueña, negando con la cabeza—. Ni en la calle, ni en la casa de otros. Una vez Gloria se refugió aquí en mi local y él la siguió. Cuando la estaba golpeando, destrozó casi todo el lugar. Luego mi marido fue a reclamarle y el muy salvaje sacó un cuchillo de carnicero y quiso atacarlo. Nos dio un susto de muerte. Desde entonces, ya no nos metemos en sus problemas.
La dueña suspiró, sintiendo pena por Gloria, pero con las manos atadas.
Renata sabía que Fabrizio también estaba atado de manos. Podía ir a darle una paliza al hombre en ese momento, pero no podía matarlo. Y mientras el sujeto siguiera vivo, le devolvería los golpes a Gloria multiplicados por cien.
—Esta vez fue porque el muy descarado le robó el dinero de la renta del puesto para irse a apostar y lo perdió todo de un golpe —continuó la dueña—. Gloria le reclamó un par de cosas y el infeliz descargó toda la frustración de haber perdido con ella. Ya le dio una paliza ayer y hoy todavía no se le pasa el coraje.
Perdía el dinero de su esposa y encima la golpeaba. Renata no podía creer que Gloria siguiera aferrada a un hombre así.
Afuera, la golpiza continuaba. Fabrizio hizo el ademán de salir.
—Iré yo —dijo Renata, deteniéndolo por el brazo—. Si ese hombre te ve a ti, su furia solo será peor.
El rostro de Fabrizio estaba tenso y sombrío. Por supuesto que no le temía a ese sujeto, pero sí temía que las consecuencias recayeran en Gloria.
—De acuerdo, ve tú.
Renata salió de inmediato del local. Aún a lo lejos, escuchaba al hombre gritarle a Gloria mientras le jalaba el cabello.
—¡Tienes los huesos bien duros, maldita sea! ¡Te dije que fueras a buscar a ese idiota con dinero y no fuiste! Los cobradores dijeron que si no pago en tres días me van a romper las piernas, ¡pero antes de que eso pase, te juro que las mato a ti y a la mocosa!
Renata fingió ser una cliente casual y caminó directo hacia allá.
—Oiga, ¿a cuánto tiene los pepinos?
Gloria seguía tirada en el piso con el hombre sujetándola del cabello. Ante semejante escena, cualquier transeúnte habría preferido alejarse, así que ambos se sorprendieron al ver que alguien se acercaba a comprar.
El hombre la espantó con un gesto molesto.
—¡Lárguese, no tengo tiempo para venderle nada!
Renata miró de reojo a Gloria. Su rostro estaba hecho un desastre y se sostenía la cintura, probablemente con alguna costilla lastimada.
—Si montaron un puesto y se niegan a atenderme, ¡los voy a reportar! —espetó Renata, señalando al hombre.
Él se quedó pasmado, sin esperar que alguien lo amenazara por no querer vender unas verduras.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...