Los dos se quedaron ahí sentados toda la noche. Su intención original era observar el mundo sumido en la oscuridad, pero el cielo se fue iluminando poco a poco hasta que contemplaron la ciudad bañada por la luz de la mañana.
—Quiero ir a verla —dijo Fabrizio.
Renata sabía muy bien que se refería a Gloria.
—Te acompaño.
—Gracias.
Gloria vivía en un barrio humilde, lleno de asentamientos irregulares que bloqueaban por completo las ya estrechas calles. Tuvieron que dejar el auto afuera y entrar caminando.
El interior estaba sucio y desordenado. Había gente de todo tipo.
Renata vivía en el casco viejo, pero era mucho más limpio que aquel lugar.
No habían avanzado mucho cuando, de pronto, Fabrizio la tomó del brazo y la jaló hacia un rincón. Un segundo después, vieron a Gloria salir a bordo de una motoneta.
Llevaba una blusa de flores y pantalones oscuros. Tenía el cabello alborotado y el rostro lleno de moretones, señal innegable de una golpiza reciente. Sin embargo, iba sonriendo, volteando de vez en cuando para platicar con su hija, que iba sentada atrás.
Parecía haberse acostumbrado a esa vida, pero sin llegar a la apatía total. Seguía mostrándole una sonrisa al mundo.
Eso era algo que Renata no lograba comprender.
—¿Ese hombre la golpea seguido? —preguntó Renata.
—Sí, muy seguido —respondió Fabrizio.
—Y aun así, no se anima a dejarlo.
—Dice que es por la niña.
—No creo que sea solo por eso.
Si estuviera en sus zapatos, aunque no fuera por sí misma, se divorciaría por el bien de su hija.
Una vez que Gloria se alejó, Fabrizio la llevó a un pequeño local cercano donde pidieron café y unos panecillos para desayunar.
—Ustedes no son de por aquí, ¿verdad? —les preguntó la dueña del local al llevarles la comida.
Renata negó con la cabeza.
En los ojos de Fabrizio se asomó una profunda confusión.
—A veces de verdad no logro entenderla.
Renata tampoco la entendía. Era capaz de confabular con su marido para sacarle dinero a Fabrizio, pero se negaba a aceptar su ayuda de forma honesta.
Pasó mucho tiempo sin que se acercara un solo cliente. Gloria se puso de pie y miró las verduras con preocupación. Justo cuando parecía dispuesta a recoger todo, un hombre sin camisa salió de la nada y le acomodó una brutal patada en la espalda.
—¡Ay! —exclamó Renata, sin poder evitarlo.
La fuerza del golpe proyectó a Gloria hacia adelante, haciéndola caer de bruces sobre su propio puesto de verduras. La patada debió haber sido muy fuerte, pues intentó levantarse varias veces sin éxito.
Fabrizio se levantó de un salto, dispuesto a intervenir, pero la dueña del local, creyendo que solo era un buen samaritano, se apresuró a detenerlo.
—No se meta, joven. Sé que tiene buen corazón, pero si usted la ayuda ahorita, cuando vuelva a casa ese hombre le va a pegar mucho peor.
Fabrizio apretó los dientes, frunciendo el ceño. Sabía que la mujer tenía razón, así que tuvo que contenerse.
Renata vio cómo el hombre levantaba a Gloria de un jalón y le acomodaba varias bofetadas sonoras. Su expresión era tan rabiosa que parecía querer asesinarla ahí mismo.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...