Santiago hizo una profunda reverencia ante Renata.
Inmediatamente después, Jairo e Ignacio se pusieron de pie. Ninguno de los dos articuló palabra, pero la observaban con miradas cargadas de súplica.
La noticia de que Thiago estaba tras las rejas los había tomado por sorpresa. Tras enterarse superficialmente de los detalles, lo único que pudieron concluir fue que su amigo había perdido por completo la razón.
Sin embargo, era su amigo, como un hermano para ellos. Tenían que estar ahí.
Renata recorrió con la mirada a todos los presentes. Para ser honesta, no le convenía enemistarse con ninguno de ellos; todos tenían poder y prestigio.
—Le están rogando a la persona equivocada —dijo al fin, con voz serena.
—¿Qué quiere decir con eso, señorita Morales? —preguntó Santiago.
—El que atropelló a mi madre no fue Thiago. Así lo declaré repetidas veces en la estación de policía. Sin embargo, él se empeña en asumir la culpa por alguien más.
El rostro de Elena se iluminó con un destello de esperanza.
—¿Me estás diciendo que mi hijo no es el culpable?
—Así es.
—Entonces... —Elena dudó, sintiendo que algo no encajaba—. ¿Entonces por qué insiste en que fue él? ¿A quién está encubriendo?
—A Nadia.
Renata no se guardó nada y les explicó todo el asunto, detalle a detalle.
Al terminar de escucharla, Elena estalló en furia.
—¡Ese reverendo idiota! ¡¿Cómo se le ocurre echarse la culpa de semejante atrocidad por otra persona?! Claro que sé quién es esa tal Nadia, y le dije hasta el cansancio que no aprobaba su relación.
—Ahora no sirve de nada hablar de eso —la interrumpió Santiago, intentando no perder el enfoque, y miró de nuevo a Renata—. Señorita Morales, si usted sabía que la responsable era Nadia y no mi hijo, ¿por qué no le explicó eso a la policía?

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...