—Tienes tres costillas rotas, es mejor que no te muevas.
Por supuesto, además de las costillas rotas, tenía golpes por todo el cuerpo. Menos mal que Gloria estaba acostumbrada al trabajo pesado y tenía una complexión fuerte; si hubiera sido una mujer más frágil, las consecuencias habrían sido fatales.
Al escuchar que su hija estaba fuera de peligro, Gloria respiró un poco más aliviada.
—Gracias.
Renata negó con la cabeza.
—Estoy aquí porque Fabrizio me lo pidió. Si tienes que agradecerle a alguien, es a él.
Al escuchar el nombre de Fabrizio, la culpa en los ojos de Gloria se intensificó.
—Conocerme fue su peor desgracia.
—Pero él siempre ha considerado que encontrarte fue su mayor suerte.
Gloria esbozó una sonrisa amarga.
—Él odia los problemas, odia que lo acosen y odia a las personas que se le acercan por interés. Y yo cumplí con las tres cosas.
—Por eso también se sintió decepcionado.
Gloria bajó la cabeza y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas sin que pudiera evitarlo.
—La verdad, tengo curiosidad. ¿De verdad sigues amando a tu esposo?
Renata no pudo contener la pregunta. Le resultaba incomprensible cómo alguien podía amar a una persona que la lastimaba con tanta brutalidad, y amarlo por tanto tiempo, a tal punto de terminar en el hospital una y otra vez sin atreverse a dejarlo.
—Ya no lo amo. Dejé de amarlo hace mucho tiempo —respondió Gloria, limpiándose las lágrimas.
Especialmente una vez, cuando Fabrizio le entregó una tarjeta bancaria diciéndole que allí estaban todos sus ahorros de la infancia, varios millones. Le pidió que le diera ese dinero a Sandro para que él aceptara el divorcio.
¡Y Sandro realmente tomó la tarjeta! Fue en ese momento que Gloria despertó de golpe y se dio cuenta de que su gran error había sido aceptar aquel primer millón.
En esa ocasión, le arrebató la tarjeta de las manos a Sandro y se la devolvió a Fabrizio. Pero al regresar a casa, a Sandro le dolió tanto haber perdido ese dinero que se tiró al suelo a hacer un berrinche. Sin saber cómo desahogarse, empezó a insultarla y, al no calmar su furia, terminó golpeándola.
Esa fue la primera vez que le puso una mano encima, y desde entonces, se convirtió en pan de cada día.
Gloria siempre sintió que ese era su castigo por haber sido codiciosa. Si no hubiera aceptado ese millón, tal vez Sandro y ella habrían tenido una vida feliz.
—¿Y qué pasó después de esos tres años? Perfectamente podías haberte divorciado de él.
—En ese tiempo, Fabrizio me buscaba con mucha insistencia. Si me divorciaba de Sandro, él seguramente vendría tras de mí. Y yo... yo estuve tentada.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...