—Conseguir este papel me costó sudor y lágrimas, no puedo dejar pasar esta oportunidad.
—¡Tu salud y nuestro hijo son más importantes!
—¡Benicio!
—Está bien, no voy a pelear contigo aquí. Lo hablaremos cuando lleguemos a casa.
—¡No tienes ni idea de lo desesperada que estoy! Mejor dicho, ¡de lo aterrada que estoy! —Nadia apartó a Benicio de un empujón y le gritó en la cara.
Benicio frunció el ceño.
—¿De qué tienes tanto miedo?
Nadia apretó la mandíbula. No quería decirlo en voz alta, pero la presión era demasiada.
—Thiago está por salir de la cárcel.
Benicio se quedó paralizado por un segundo.
—¿No lo habían condenado a tres años?
—Le redujeron la condena.
—¿Y eso qué importa?
—Si se entera de que estoy embarazada de ti, ¿crees que nos dejará en paz?
Al mencionar a Thiago, Benicio también pareció intimidarse un poco.
—Tú no lo amas. Debiste haberle dejado las cosas claras hace mucho tiempo. Y sobre Bárbara, tampoco es su hija...
—¡Benicio! —le gritó Nadia, tajante—. ¡Habíamos acordado que fingiríamos que Bárbara era suya! ¡Lo engañaremos todo el tiempo que sea necesario!
El hombre se pasó una mano por el cabello, frustrado.
—¿Y para seguir con la farsa piensas casarte con él?
Nadia soltó un suspiro pesado.
—No lo sé. Pero por nada del mundo puede enterarse de lo nuestro. Si lo descubre, estamos acabados.
Benicio no replicó. Estaba claro que él también entendía que las consecuencias de jugar con Thiago serían catastróficas.
—Vámonos a casa primero.
Al ver cómo las figuras de ambos se alejaban por el pasillo, Renata guardó su celular, y una sutil sonrisa se dibujó en sus labios.
A la mañana siguiente, Renata acudió al hospital para relevar a Fabrizio.
Hacia el mediodía, cuando Fabrizio regresó, ella se dirigió directamente a la prisión. Ese día correspondía la visita mensual, y ella nunca faltaba a la cita.
Thiago ya se había acostumbrado a verla ahí.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...