La familia Carrillo le había dado un millón a Gloria para que buscara a alguien con quien casarse, todo con el fin de que Fabrizio perdiera las esperanzas y se olvidara de ella.
Sandro, por su parte, le había tomado fotos comprometedoras a Gloria y la usaba para chantajearla, motivo por el cual ella nunca se atrevió a pedirle el divorcio.
Y sobre este último incidente... Sandro la había obligado a estafarlo, y como ella se negó rotundamente, la había masacrado a golpes.
Renata le contó cada detalle. Él merecía saber la verdad, y también era el único capaz de ponerle fin a esa pesadilla.
Fabrizio escuchó la historia, incapaz de dar crédito a lo que oía. Pero pensándolo bien, de repente todo cobraba un sentido escalofriante: el repentino matrimonio de Gloria, las mentiras para sacarle dinero, el porqué aguantaba años de violencia doméstica sin divorciarse...
Bajó la cabeza y golpeó el asiento con frustración.
—¡Y yo nunca me di cuenta de nada!
Renata le palmeó el hombro con suavidad.
—No te culpes, no fue tu error. Pero ahora, tienes la responsabilidad de sacar a Gloria de ese infierno.
Preocupada por dejar a Fabrizio solo con sus pensamientos, Renata se quedó acompañándolo hasta entrada la madrugada. Solo cuando todo parecía estar en calma, decidió marcharse.
—Mañana no tengo planes, vendré temprano en la mañana para relevarte —le dijo al despedirse.
Fabrizio asintió, sin formalidades.
—De acuerdo.
Para cuando bajó del piso de hospitalización, ya era muy tarde en la noche. Renata cruzó por los pasillos del área de consultas. Pensó que el lugar estaría desierto, pero a lo lejos vio a un médico guiando a dos personas en dirección al departamento de ginecología.
Al principio no le prestó atención, hasta que escuchó al doctor preguntarle a la paciente cuánto tiempo llevaba de retraso, y la mujer respondió:
—Deben ser unos cincuenta días.
¿Esa voz?
Renata se detuvo en seco, se giró y observó detenidamente la espalda de la mujer. ¡Era Nadia!
Y el hombre alto que caminaba a su lado, sosteniéndola de la mano, no era otro que su primer amor.
La mente de Renata comenzó a maquinar rápidamente y decidió seguirlos en silencio.
Las luces de la sala de ultrasonido se encendieron, y el médico le indicó a Nadia que se recostara en la camilla.
Renata se acercó con sigilo, justo a tiempo para escuchar al doctor decir:
—Ya se escucha el latido fetal.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...