Thiago hizo un ademán de entrar, pero la niñera bloqueó la puerta con su cuerpo.
—¡Nadi, el señor Flores está aquí! —gritó hacia el interior de la casa.
Thiago frunció el ceño.
—No grites así, vas a asustar a Bárbara.
Intentó pasar de nuevo, pero la mujer seguía cerrándole el paso.
—¿Qué te pasa?
—Nadi todavía no está vestida. No es apropiado que un hombre entre en este momento —se excusó la niñera.
A Thiago le pareció ridículo.
—Soy su novio y el padre de Bárbara, ¿qué tendría de inapropiado?
—Aun así, no es correcto.
Thiago, perdiendo la paciencia, apartó a la niñera y entró a la fuerza. Sin embargo, justo cuando iba camino a la habitación principal, escuchó a Bárbara llorando en el cuarto de invitados. De inmediato, cambió de dirección y fue hacia allá.
La pequeña acababa de despertar y, al no ver a nadie cerca, lloraba de coraje. Pataleaba con sus piernitas regordetas y agitaba sus bracitos, sollozando a todo pulmón.
Thiago corrió a levantar a su hija. Apenas le había dicho unas palabras de consuelo cuando escuchó un ruidito peculiar.
La niña se había hecho popó.
Ese olor...
Thiago no pudo evitar taparse la nariz, pero la niña, ya aliviada, dejó de llorar y comenzó a jugar abrazándole la cabeza.
—¡Mira cómo tratas a tu pobre padre!
Le dio un suave toquecito en la nariz y la acostó de nuevo en la cama.
En ese momento apareció la niñera, ofreciéndose a cambiarle el pañal.
—Yo lo haré —dijo Thiago.
—¿Eh? —la mujer lo miró sorprendida—. ¿Usted sabe cómo?
—Enséñame.
Thiago sonrió, pero al girarse para mirarla bien, notó unas marcas en su cuello. Su expresión se ensombreció de golpe.
—¿Con quién estuviste anoche?
Nadia dio un respingo. Al ver la mirada de Thiago, supo de inmediato a qué se refería. Anoche, cuando Benicio le besó el cuello, le había advertido mil veces que no dejara marcas, pero él la ignoró por completo.
—Son los golpes por culpa de ellos.
—¿De quiénes?
—Del equipo de la serie. El personaje que estoy interpretando ahora es una mujer a la que golpean constantemente. No solo tengo estas marcas aquí, sino en todo el cuerpo.
Thiago, recordando que la guionista era Renata, dedujo de inmediato que todo era una venganza personal para hacer que Nadia recibiera palizas en escena.
Aunque los golpes fueran falsos, para que la escena se viera real, era imposible evitar moretones y rasguños.
Pensar en ello le partió el corazón. Abrazó a Nadia y le dio un beso en la frente.
—Hablaré con el director para asegurarme de que el equipo te brinde protección absoluta.
—¡No! ¡Lo que quiero es que despidan a Renata!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...