Evidentemente, alguien movía los hilos desde las sombras. ¿Y quién podría ser?
Thiago Flores, por supuesto.
Renata no era tonta; era fácil deducir que se trataba de él.
El director Benítez reaccionó con rapidez. Ya había publicado una aclaración explicando que el hotel en el que entraban y salían había sido reservado en su totalidad para el equipo de producción, y que además estaban acompañados por otros miembros del personal. Era totalmente falso lo que decían las tendencias en redes de que un hombre y una mujer pasaban la noche juntos a solas.
Sin embargo, aunque esa era la pura verdad, nadie la creyó.
Poco después, el bando contrario empezó a manipular la opinión pública, afirmando que a Nadia la habían obligado a abandonar el proyecto. Decían que Renata, en complicidad con el director, la había saboteado a propósito, cambiando la personalidad de su personaje y eliminando su arco narrativo independiente. Incluso filtraron dos versiones del guion: el original y el que Renata había modificado.
Thiago estaba dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias, sin importar a quién destruyera en el proceso.
A Renata no le quitaba el sueño. Se levantó, se arregló y pidió un buen desayuno.
Mientras tomaba su café y comía, recibió una llamada de Thiago.
—Renata, tú me obligaste a esto.
—¿Te obligué a inventar chismes sobre mí? —respondió Renata, divertida.
—Si estás dispuesta a dejar en paz a Nadia...
—¿Eso hará que mi madre reviva?
Se escuchó la respiración pesada de Thiago al otro lado de la línea.
—No quería hacerte esto —dijo él.
—Entonces, ¿la culpa es mía? ¿Me culpas por querer hacer justicia por mi madre?
—No voy a discutir eso contigo. Solo te advierto una cosa: detente ahora mismo, discúlpate públicamente con Nadia, restaura el guion original, y yo me encargaré de limpiar tu nombre.
—¿Disculparme públicamente? —Renata soltó una carcajada—. Ella atropelló y mató a mi madre y nunca se disculpó públicamente. Yo solo hice lo que debía hacer, y resulta que ahora me exiges que le pida perdón.
Qué gran ironía.
—¡Estás esparciendo rumores falsos! —gritó Thiago.
—¿Qué rumor he inventado sobre ella?
—No me digas que no fuiste tú quien inventó que estaba embarazada.
—La verdad es que no fui yo, pero... —Renata curvó los labios en una media sonrisa—. Se nota que no te has fijado en su vientre. Efectivamente, está un poco más abultado.
—¡Señor Flores, renuncio!
Thiago ya estaba con el agua al cuello. Al escucharla, su rostro se oscureció de golpe.
—¿Me presentas tu renuncia en un momento como este?
Leticia dejó escapar un suspiro pesado.
—Mi palabra como representante dejó de tener peso aquí hace mucho tiempo. ¿Para qué me quedo?
—Si no eres capaz de resolver un problema...
—¿Así que la solución del señor Flores era inventar calumnias sobre otros?
Thiago se puso de pie de un salto.
—¡Quién te crees que eres para venir a cuestionarme!
Leticia asintió con frialdad.
—No soy nadie, y tampoco me atrevo a cuestionar al señor Flores. Por eso mismo renuncio, ¡para no ser un estorbo en su camino!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...