La escuela había organizado una excursión y Samuel insistió en llevar los sándwiches que preparaba Isabella, así que ella se levantó temprano para cocinar.
Necesitaba hacer seis porciones. Además de las de Samuel y Lucas, querían llevar unas extra para compartirlas con sus compañeros.
Apenas había terminado de armar el primero cuando una mano atrevida se acercó y le dio un mordisco enorme antes de que pudiera evitarlo.
—¿Por qué estos sándwiches saben tan raro?
Isabella fulminó con la mirada al intruso, Ignacio. ¿A quién se le ocurría entrar a casa ajena a esas horas de la mañana y en completo silencio? De no ser porque lo vio de reojo mientras tomaba unas rebanadas de tomate, le habría dado un buen susto.
—Es mi receta secreta.
—Saben horrible.
Isabella bufó.
—No me importa, a mi hijo y a mi esposo les encantan.
—¿Estás segura de que les encantan, o se los comen por miedo a tus amenazas?
—Pues si no te gustan, no comas. —Isabella intentó quitarle el sándwich, pero Ignacio lo esquivó y le dio otra gran mordida, aún con cara de asco—. Haz unos cuantos más. Los llevaremos al hospital para Thiago; al menos le servirá como detalle.
—¿Ah? —se sorprendió Isabella—. ¿Thiago está en el hospital?
—Sí. Le estuve marcando toda la mañana. Después de varios intentos, contestaron, pero fue Renata. Me dijo que Thiago estaba internado, aunque no quiso explicarme qué fue lo que pasó.
—¿Renata?
Isabella estaba cada vez más confundida. Renata odiaba a Thiago con toda su alma, ¿por qué iría al hospital a verlo?
—No debe ser nada grave. Cuando hablé con ella, me dijo que Thiago había ido al baño. Como no parecía una urgencia, pensé en ir con Jairo, pero resulta que está en un viaje de negocios. Obviamente, mi única opción eras tú.
Isabella entrecerró los ojos.
—Lo que pasa es que no quieres enfrentar a Thiago tú solo.
Ignacio se rascó la cabeza.
—Es que cada vez que lo veo, me dan ganas de gritarle sus verdades. Esa tal Nadia es de lo peor. Estoy seguro de que la niña no es hija suya. Pero a él le importan tanto ellas dos que, si no me controlo y se lo digo, capaz que se enoja y deja de hablarme.
—Y yo tampoco me puedo morder la lengua.
Isabella apretó los dientes. Así que el niño no le había pedido los sándwiches porque le gustaran, ¡sino para apostarlos con sus amigos que buscaban emociones fuertes!
—Oye, me empezó a doler la panza... ¿Crees que tu sándwich me cayó mal? —le susurró Ignacio, acercándose a su oído a propósito.
Isabella, furiosa, lo ignoró por completo y se subió directo al auto.
Ignacio tomó el volante. Estaba a punto de seguir molestándola cuando el teléfono de Isabella sonó.
—¿Renata? ¿Sigues en el hospital? —contestó Isabella, pues era Renata quien llamaba.
—Aquí sigo. La situación con Thiago empeoró bastante. Si pueden, por favor vengan lo antes posible.
—Ya vamos en camino.
—De acuerdo, los esperaré aquí y me iré en cuanto lleguen.
Al colgar, Isabella le pidió a Ignacio que acelerara.
Si Renata odiaba tanto a Thiago, lo lógico sería que se alegrara al verlo sufrir. Sin embargo, su voz denotaba una preocupación genuina. ¿Qué tan mal tenían que estar las cosas para que alguien que lo detestaba estuviera tan angustiada?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...