—¿Qué haces aquí? Espera... ¡Me estabas siguiendo!
Fabio se apresuró a explicarse:
—Tu papá intentó llamarte un montón de veces y, como no contestabas, se preocupó muchísimo. Como él no está en Nublario en este momento, me pidió que pasara por tu casa para ver si estabas bien. Justo cuando llegué a tu calle, vi salir tu auto. Solo quería alcanzarte para decirte que le regresaras la llamada a tu papá, y bueno, terminé siguiéndote hasta acá.
Tatiana arqueó una ceja con escepticismo.
—¿Desde cuándo mi papá y tú son tan íntimos?
—Ya sabes, dicen que los mejores amigos a veces empiezan peleando.
Ella soltó un resoplido. La verdad era que había tenido el teléfono apagado toda la noche y apenas lo había encendido al despertar.
—Entendido. Le marco en un rato.
—¿Ocurrió algo grave en este lugar?
—Cosas de trabajo, nada de lo que debas preocuparte.
Tatiana le dio una respuesta seca y retomó la búsqueda de Rocío Benítez. Sin embargo, después de caminar unos pasos, notó que Fabio seguía pegado a ella.
—¿Se puede saber qué intentas hacer?
—Tengo el día libre. No veo el problema en ayudarles a buscar.
Tatiana se encogió de hombros.
—Si te sobra bondad en el corazón, no seré yo quien te detenga.
El parque era enorme. A pesar del despliegue de personal, siempre habría rincones difíciles de cubrir.
Tatiana se enfocaba estratégicamente en las zonas menos obvias: debajo de los puentes, rincones estrechos y hasta en el fondo de pozos secos.
—¿De verdad crees que se metería ahí adentro? —preguntó Fabio, perplejo al ver los lugares tan extraños que ella inspeccionaba. Una niña de diez años jamás se escondería en sitios tan tétricos.
—Eso lo dices porque no conoces a esta niña. Es un caso aparte.
—¿En qué sentido?
—Sabe perfectamente que su vida corre peligro, pero en lugar de asustarse y quedarse cerca de nosotros para que la protejamos, lo que hace es darnos esquinazo para meterse en los lugares más absurdos que te puedas imaginar. ¿Sabes dónde la encontramos la última vez?
—¿Dónde?
—En la cajuela del auto del papá de un compañero de la escuela. —Solo de acordarse, a Tatiana le hervía la sangre—. Si no fuera porque revisamos las cámaras y llegamos a tiempo a la casa de la familia de ese niño, la habríamos sacado asfixiada.
Y aun después de semejante susto, la mocosa seguía sin aprender la lección, empeñada en jugar al escondite.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...