Isabella echó un vistazo hacia el baño y notó que la puerta estaba ligeramente entreabierta. Era obvio que cierto cobarde no se atrevía a salir, pero estaba escuchando todo.
—¿Hablas de Ignacio? —preguntó Isabella.
Tatiana se mostró un poco incómoda.
—Sí, de él.
—Entonces, ¿qué es lo que realmente quieres? ¿Seguir con esta relación ambigua o esperas que él se te declare para decidir si lo aceptas o lo rechazas?
—Él no tiene las agallas para hacerlo.
Isabella no tuvo más remedio que admitir que Tatiana conocía a Ignacio a la perfección.
—¿Y si se declara?
—Antes que perderlo, preferiría tenerlo a mi lado.
Isabella soltó un largo suspiro y miró hacia la puerta del baño.
—Si después de escuchar esto aún no se atreve a salir, entonces no es un hombre de verdad.
Tatiana soltó una carcajada burlona.
—Solo es un cobarde.
—¡Tatiana!
Al escuchar su nombre, la espalda de Tatiana se tensó. Levantó la vista rápidamente y vio que Isabella le sonreía mostrando los dientes.
—¡Les prestamos la sala! ¡Jairo y yo vamos a descansar arriba!
Dicho esto, tomó de la mano a Jairo y subieron al tercer piso.
Tatiana se giró, sintiéndose sumamente avergonzada, y se encontró con un Ignacio que había corrido hacia ella.
—¡Tatiana, te amo!
Ella miró la intensa emoción en el rostro de Ignacio. Cuando él decía que la amaba, no tenía motivos para dudarlo. Después de tanto tiempo juntos, siempre había sabido que él la amaba.
—¿Ya estás seguro de lo que sientes?
Ignacio asintió frenéticamente.
—Cuando me di cuenta de que no soportaba la idea de perderte, y de que mi vida no tendría sentido sin ti, supe que eras la única mujer para mí.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...