Ese último comentario fue la gota que derramó el vaso. Ni siquiera Ignacio o Thiago pudieron tolerar semejante falta de respeto.
—Oye, Facu, bájale —le reclamó Ignacio con evidente molestia—. Al final del día, Víctor es primo hermano de Jai. ¿Cómo pretendes que le dé la espalda a su propia sangre así nomás?
—Tiene razón, Facu. Al menos por el respeto que le tienes a Jairo, ya deja el tema de Víctor por la paz. Andas muy alzado queriendo enfrentar al Grupo Prado contra el Grupo Crespo, pero te estás dejando llevar por la rabia. Una guerra entre las empresas no le va a convenir absolutamente a nadie —secundó Thiago.
—¿Que deje las cosas por la paz? —estalló Facundo, gritándoles en la cara—. ¡¿Tienen idea de que fue exactamente por culpa de ese imbécil que Floriana y yo terminamos así?!
—A ver, Facu, entendemos que te mueres por recuperar a Floriana, pero haciendo estos berrinches no vas a lograr nada bueno.
—Lo único que vas a conseguir es que Floriana te agarre más… más repulsión.
Pero a esas alturas, Facundo estaba cegado por su propia terquedad y no escuchaba razones.
—Floriana y yo teníamos un matrimonio perfecto hasta que ese infeliz de Víctor se metió en el medio. Por su culpa terminamos firmando el divorcio. Si tuvo los pantalones para meterse con mi esposa, ¡ahora que se aguante como los machos a sufrir mi venganza!
Al oír tantas estupideces juntas, Jairo soltó una carcajada cargada de sarcasmo.
—¿En serio tienes el descaro de pensar que tu matrimonio se fue a la basura únicamente por culpa de Víctor?
A Facundo le tembló un poco la mirada, pero se mantuvo en su postura.
—¡Claro que fue por culpa suya!
Jairo negó con la cabeza, sin dejar de sonreír con ironía.
—Con razón llevas rogándole como perro tantos años y no has logrado que regrese contigo. Al contrario, lo único que logras es que quiera salir corriendo en cuanto te ve. Estás tan ciego que ni siquiera has hecho el mínimo esfuerzo por reflexionar sobre las porquerías que tú mismo le hiciste. Crees que eres la pobre víctima de la historia.
—Ella y yo podríamos habernos sentado a platicar como adultos, habríamos aclarado los malos entendidos y todo volvería a la normalidad —insistió Facundo a gritos—. ¡Pero ese maldito me arrebató la oportunidad!
—Ya, Facu, mírate en un espejo. Haz memoria de todas las bajezas que le hiciste a Floriana en su momento. Hasta a nosotros nos daba pena ajena ver cómo la tratabas y te lo advertimos mil veces —le espetó Ignacio sin piedad—. Como ahora no puedes recuperarla por tus propios méritos, quieres echarle toda la culpa a Víctor. Neta, ya estás perdiendo la dignidad, cabrón.
Apenas Ignacio terminó de soltar esas palabras cuando Facundo se le fue encima y le propinó un brutal puñetazo directo en la cara.
—¡¿De qué maldito lado están ustedes?! —bramó, histérico.
Ignacio no era precisamente una perita en dulce; al sentir el golpe, no se lo pensó dos veces y le devolvió el trancazo con la misma intensidad.
—¡Si te vas a poner así de necio y vas a empezar a soltar golpes a lo pendejo, entonces métete tu amistad por donde te quepa! —le gritó Ignacio, limpiándose la sangre del labio.
—Está bien. Estaré al pendiente de lo que les digan.
A Jairo le pesaba en el alma tener que enfrascarse en una guerra de desgaste contra la familia Prado. Poner en riesgo la estabilidad económica de dos imperios empresariales nada más por un pleito de celos y resentimientos personales se le hacía la cosa más infantil y ridícula del mundo. Una cosa era que Facundo anduviera de berrinchudo, pero dudaba mucho que sus padres fueran a solapar semejante capricho a costa de su propio patrimonio.
—Cuando hablen con los señores, háganles saber que sigo en la mejor disposición de sentarnos a negociar como la gente civilizada para restablecer nuestras alianzas de negocios.
Ignacio asintió con seriedad.
—Claro que sí, nosotros les damos el mensaje.
Lo que prometía ser una amena reunión de cumpleaños terminó disolviéndose con un sabor amargo para todos los presentes.
Isabella y Jairo regresaron a la residencia familiar bastante temprano. Como el abuelo Cristian ya estaba de vuelta en la ciudad, todos habían acordado mudarse temporalmente a la casona principal para hacerle compañía. Al entrar a la sala, se toparon con los gemelos, que estaban sentados con las piernas cruzadas, mirando fijamente la abultada panza de Belén con suma curiosidad.
—¿De verdad ya casi vas a tener a tu bebé, tía Belén? —preguntó Samuel Quintero, fascinado.
Por su edad, Belén estaba clasificada como un embarazo de alto riesgo, y los achaques no le habían dado tregua en los últimos meses. Había bajado mucho de peso y su semblante lucía pálido y demacrado. En ese momento estaba recostada contra el respaldo del sofá, acariciándose el vientre, contando los minutos para dar a luz y librarse por fin de tanta incomodidad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...