Después de escucharla, Isabella no tuvo más remedio que suspirar.
—Pero lo de ahora no es toda culpa de Víctor. Facundo tiene mucha responsabilidad en esto.
—Cuando se acostó con Floriana, ella seguía casada con Facundo. Lo veas por donde lo veas, eso fue su culpa —replicó Belén.
—Pero...
Isabella no sabía cómo explicarlo. Víctor ni siquiera sabía en ese momento que se estaba metiendo con Floriana, la esposa de Facundo. Y aunque Floriana sabía que estaba mal, lo hizo porque la habían acorralado.
Se equivocaron, sí, pero Floriana ya se había divorciado y había soportado toda la venganza de su ex. Además, ya habían pasado como seis o siete años. A estas alturas, todos deberían haber superado el tema.
El problema era que Facundo seguía obsesionado, creyendo que aún amaba a Floriana y queriendo recuperarla a la fuerza. Por eso había armado todo este teatrito.
Víctor se había contenido bastante tiempo, pero como Facundo no dejaba de ponerle trampas, al final terminó explotando.
—Le voy a pasar estas cosas a Floriana —decidió Isabella—. Ella tiene tiempo libre ahorita, le diré que vaya a visitarlo.
Belén asintió.
—No sé qué tenga en la cabeza esa mujer. De todos modos, no soy quién para opinar sobre lo que hay entre ella y mi hijo.
—Al final del día, usted es su madre.
—Él ni siquiera me reconoce, y creo que es mejor así.
Cuando Belén se fue, Isabella se quedó mirando el montón de cosas con resignación, y agarró su celular para marcarle a Floriana.
Floriana fue a llevarle el encargo a Víctor y ahí se enteró de que se había agarrado a golpes con otro preso. Lo habían metido tres días a la celda de castigo y apenas había salido. Al verle los moretones en la cara, sintió una mezcla de coraje, tristeza e impotencia.
—Ya estás encerrado, ¿no puedes controlar un poco ese carácter? —le reclamó.
Él seguía con su misma actitud valemadrista, como si nada le importara.
—¿Y yo por qué me voy a dejar? ¿Por qué no se controlan ellos?
—Todavía no te dictan sentencia. Si te portas mal, te va a perjudicar con el juez.
—Que me echen un par de años más, me vale madres.
—¡Víctor!
—Todos los días me pregunta cuándo regresas de tu viaje de negocios.
—Oye, por cierto... este mes le toca ir al dentista a checarse la muela que traía picada.
—Sí, Noa lo tiene agendado. Mañana la lleva.
Víctor asintió y se quedó callado un rato, hasta que se acordó de algo.
—Oye, Facundo no te ha vuelto a buscar, ¿verdad? ¿No te ha estado amenazando?
—Sí me buscó, y sí me amenazó.
—¡Será cabrón! ¡No te dejes intimidar por ese pendejo! Te repito que me da igual cuánto tiempo me guarden, ¡yo sobrevivo donde sea! Pero si le haces caso a sus chantajes... te juro que nunca te lo voy a perdonar.
¿Cómo no iba a conmoverse al escucharlo?
Todo el mundo decía que Víctor era una escoria, un delincuente, pero siempre había sido maravilloso con ella y con su hija. Si no se sacaba un cien, al menos llegaba al noventa y ocho.
—Está bien. Haré lo que me pides.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...