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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 969

Floriana fue a recoger a Carlota a la escuela, pero la niña traía una cara larga.

—¡Mami, eres una mentirosa!

Floriana soltó una risita.

—¿Cuándo te he mentido yo?

—Entonces, ¿por qué no vino mi papá por mí?

Floriana se quedó pasmada.

—Yo nunca dije que él iba a venir hoy.

—La última vez que te pregunté, me dijiste que en quince días regresaba de su viaje. Y quince días se cumplen hoy. Llevo la cuenta en el calendario.

Le acarició la cabeza a su hija con ternura. Solo le había dicho eso por salir del paso, jamás imaginó que Carlota tacharía los días con tanta ilusión. Sintió una punzada de culpa.

—Híjole, mi amor... su viaje se alargó un poquito más.

—¿Cuánto más?

—Mami no sabe exactamente.

—¡Entonces quiero hablarle por teléfono!

—Pero vas a interrumpir su trabajo. Ya sabes que eres una niña muy bien portada...

—Ayer en la noche le marqué, pero no entró la llamada.

Floriana volteó a verla de golpe.

—¿Le hablaste a tu papá?

—Sí, le quería preguntar si hoy podía venir por mí... —murmuró Carlota, agachando la cabecita con una profunda tristeza—. Pero no me contestó.

—Seguro andaba muy ocupado y no escuchó.

—Y tampoco me regresó la llamada hoy.

—Este...

—¿Ya no nos quiere?

Floriana dejó escapar un suspiro. No dimensionaba lo apegada que estaba la niña a Víctor.

—¡Ay, no manches, cómo crees! Él te adora. Hagamos algo: en estos días le mando un mensaje para que te marque, ¿va?

—¡Va!

Al llegar a la casa, Floriana metió el coche a la cochera. Como Carlota urgía por ir al baño, se bajó rápido.

—¡Oye, huerquilla, qué modos son esos! —le gritó el viejo—. Mi Rocío es un ángel. Si andas hablando mal de ella, ¡la chamaca maleducada eres tú!

Floriana corrió a jalar a su hija para protegerla. Checó de arriba a abajo a los ancianos; a la señora no la ubicaba de nada, pero la cara del señor le resultaba familiar, aunque no lograba acordarse de dónde.

—¿Y ustedes qué son de Esther? —preguntó directamente.

La anciana le dio un tirón al viejo para que se callara y le dedicó una sonrisa falsa a Floriana.

—Esther es nuestra nieta. Usted ha de ser la señorita Sánchez, ¿verdad?

Con razón. Eran los abuelos de Esther.

Floriana alzó una ceja.

—¿Y qué andan haciendo en mi casa?

—Venimos llegando del rancho y trajimos cositas típicas de allá, queríamos compartirle un poco. Esther nos platicó que ustedes dos son muy buenas amigas.

¿Buenas amigas? Sí, claro.

Floriana negó con la cabeza, sin saber si reír o llorar ante tal tontería.

—Esther y yo no somos amigas. Se equivocaron de puerta, así que ya pueden irse.

Jaló a Carlota hacia adentro, y justo cuando iba a cerrarles la puerta en las narices, el viejo metió el pie a la fuerza.

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