—¡Qué falta de educación! ¡Se nota que tus papás no te enseñaron modales!
Floriana miró el zapato metido en el resquicio y bufó exasperada. Le hizo una seña a Carlota para que se metiera a la casa y luego encaró al señor.
—No tengo por qué ser educada con gente que ni conozco.
—Ya te dijimos que somos los abuelos de Esther, ¿cómo que no nos conoces? ¡Lo mínimo que deberías hacer es invitarnos a pasar y tratarnos con respeto!
Floriana no daba crédito a lo que oía.
—Lo repito: Esther y yo no somos amigas. Si tuviéramos que ponerle una etiqueta a lo nuestro, sería que no nos pasamos ni con agua. Y siguiendo esa lógica, si ustedes son sus abuelos, pues ustedes también me caen en la punta del hígado. ¿Les quedó claro o se los explico con manzanas?
—¡Le robaste el hombre a mi muchacha! ¡Debería darte vergüenza, y todavía te pones tus moños!
—¿Y a ustedes quién les dijo semejante chisme?
—¡Facundo la dejó por tu culpa! ¡No te hagas la mosca muerta!
Floriana respiró hondo, contando hasta diez.
—Facundo y yo estamos divorciados, ya no tenemos absolutamente nada que ver. Lo que pase entre él y Esther es bronca de ellos, a mí me vale. En vez de venir a hacer su pancho aquí, vayan a buscar a Facundo y oblíguenlo a que se case con su nieta. Así de simple.
—¡Si tú le envenenaste la cabeza, ¿cómo crees que se va a querer casar con ella?!
—Yo no le hice nada, yo...
Floriana se calló. Discutir con ellos era como hablar con la pared.
—Piensen lo que se les dé la gana.
Intentó cerrar la puerta otra vez, pero el terco anciano metió el otro pie.
—¡Aún no termino contigo!
—¡Pues yo sí!
—¿Yo cuándo le he hecho algo? —brincó Floriana.
—¡Por tu culpa las marcas la demandaron y ahora les debe un dineral! —bramó el abuelo.
¿Demandas?
Hizo memoria y recordó que su asistente le había comentado algo de pasadita: que Esther había agredido a otra celebridad durante un evento, armando un tremendo escándalo público.
Como últimamente traía la cabeza revuelta con lo de Víctor, ni atención le había prestado al chisme.
Vaya, hasta deudas le cayeron. Eso sí estaba grave.
—Yo no estoy al tanto de sus broncas, ni le he hecho daño a nadie. Si quieren echarme la culpa a la de a fuerzas, pues allá ustedes.
—La muchacha está con el agua hasta el cuello. Le están cobrando como diez millones de indemnización, ¡pues de dónde va a sacar tanto dinero! Ande, dígale a Facundo que le eche la mano, se lo suplicamos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...