—Tú me obligaste a hacer esto, Floriana —le respondió en voz baja.
Tras decir eso, la cargó en vilo y caminó hacia la salida.
Floriana perdió el conocimiento casi al instante. Cuando volvió a abrir los ojos, se dio cuenta de que iba recostada en el asiento trasero de un coche.
—¿Ya despertaste?
Floriana volteó; Facundo estaba sentado en la oscuridad del auto, mirándola con frialdad.
Lo ignoró e intentó enderezarse, pero su cuerpo pesaba demasiado y no tenía fuerzas. Apretando los dientes, estiró la mano hacia la manija de la puerta, pero por más que jaló, no se abrió.
En ese momento notó que el coche estaba estacionado a un costado del camino, en una zona completamente despoblada, en medio de la nada. Era obvio que por esa carretera no pasaba ni un alma.
—¿A qué me trajiste aquí? —preguntó ella.
Facundo soltó un largo suspiro.
—Te di tres días para pensarlo, y no recibí ninguna respuesta de tu parte.
—¿Pensar qué cosa?
—No me digas que ya se te olvidó.
Floriana sentía la mente nublada, pero hizo memoria hasta recordar que le había exigido volver a casarse con él.
—Ni siquiera lo tomé en cuenta. ¡Jamás voy a regresar contigo, prefiero estar muerta!
Facundo soltó una risa sarcástica.
—¿Y no se te olvida lo demás?
—¿Qué cosa?
—Que si no aceptabas, yo me encargaría de hacerte aceptar a mi manera.
—¿De qué hablas?
De pronto, el celular de Floriana comenzó a sonar. Estaba en las manos de Facundo. Al ver que era una llamada de Víctor, quiso arrebatárselo, pero él la esquivó y contestó.
—¡Floriana! ¿Dónde estás?
La voz llena de pánico de Víctor se escuchó por el altavoz.
—Víctor... yo...
Al hablar, se dio cuenta de lo ronca y débil que sonaba. Sabía que él se iba a preocupar muchísimo.
—¿Te pasó algo? ¿Fue Facundo?
—No... no te apures, estoy bien...
—¡Facundo, por favor!
Él le hizo una señal para que guardara silencio.
—Cierra los ojos un rato y relájate. Ya mero empieza lo bueno.
Dicho y hecho, se recargó en el asiento y cerró los ojos.
Floriana sentía que se iba a volver loca por la angustia. Se lanzó para recuperar su celular, pero estaba tan débil que terminó cayendo encima de él, momento que él aprovechó para rodearla con los brazos.
—Tú también descansa.
Tras un buen rato forcejeando, ella logró soltarse de su abrazo. Los minutos seguían avanzando sin parar.
Justo cuando su desesperación rozaba el límite, a lo lejos se alcanzaron a ver las luces de un coche.
—Ya llegó.
Facundo abrió los ojos y consultó el reloj.
—Veinte minutos. Vaya que se dio prisa.
Floriana empezó a golpear la ventana con urgencia, tratando de llamar su atención. Sin embargo, estaban en un rincón tan oscuro que era casi imposible que él la viera. El vehículo se acercaba cada vez más, iluminando el camino con más fuerza.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...