Al no tener otra alternativa, continuó golpeando el cristal de la ventana con desesperación.
Víctor aceleraba hacia donde estaban, cuando de repente, de un cruce apareció un camión de carga pesada a toda velocidad.
Floriana vio cómo él trataba de frenar, pero ya era muy tarde. El impacto retumbó con fuerza brutal, y en cuestión de segundos, su coche estalló en llamas.
El cuerpo entero se le paralizó; miraba fijamente las lenguas de fuego, incapaz de procesarlo.
—¡Víctor! ¡No!
Presa del pánico, se pegó a la puerta y usó toda la fuerza que le quedaba para abrirla, cayendo de golpe contra el pavimento. Sin importarle los raspones ni el dolor del golpe, comenzó a arrastrarse en dirección al choque.
—¡Víctor! ¡Víctor!
Lloraba y gritaba su nombre hasta desgañitarse mientras avanzaba a rastras.
Pero el incendio se descontrolaba por segundos, a punto de provocar una explosión masiva.
De milagro, la portezuela destrozada se abrió y Víctor salió tropezando. Llevaba la cara empapada en sangre. En cuanto la vio, corrió hacia ella con desesperación, pero a mitad de la calle sus piernas cedieron y azotó pesadamente contra el suelo.
Segundos después, lo que quedaba del auto estalló por completo.
El resplandor iluminó la noche. Con el corazón en un hilo, Floriana observó cómo una de las puertas, propulsada por la onda expansiva, salía volando directo hacia donde él estaba tirado.
—¡Cuidado! ¡Muévete!
Sin fuerzas para levantarse, apenas alcanzó a dar un giro sobre el asfalto. El pedazo de metal pesado se estrelló justo a centímetros de su cuerpo.
Aún no tenía tiempo de soltar el aire por el alivio cuando sucedió algo peor: el enorme camión retrocedió y luego enfiló lentamente en dirección al hombre herido.
—¿Te vas a quedar ahí viendo cómo muere? —preguntó Facundo, deteniéndose junto a ella.
—¡Facundo! —le gritó, volteando a verlo llena de coraje y horror. Él tenía un semblante enfermizo, y en sus ojos brillaba la adrenalina y la emoción al contemplar a Víctor debatiéndose en el asfalto.
—¡Ese imbécil se lo buscó!
El camión estaba cada vez más cerca y no daba señales de querer frenar. Él no tenía cómo apartarse a tiempo.
—¡No lo hagas! ¡Acepto! ¡Acepto lo que quieras! —lloró ella—. ¡Ordena que se detenga, por lo que más quieras, diles que paren!
—¿Y qué es lo que aceptas exactamente? —exigió saber con una media sonrisa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...