A la salida del hospital.
Erika Milán miró la sangre recién seca en la yema de su dedo, con una sonrisa amarga y llena de sarcasmo en los labios.
En más de un año de matrimonio, le había entregado todo su cariño, pero seguía sin ganarse su corazón.
Incluso cuando se desmayó y terminó en el hospital, él no apareció; ni siquiera se molestó en llamarla.
Lo que más le dolía era que había enviado a su asistente al hospital para entregarle los papeles del divorcio.
Al pensar en eso, Erika sintió una punzada en el pecho.
Caminó con paso pesado y, sin apenas fuerzas, abrió la puerta del taxi.
Veinte minutos después, el auto se detuvo frente a una residencia.
Erika echó un vistazo desanimado a través de la ventanilla, bajó despacio y entró.
—Señora, ¿cómo le fue en la revisión del hospital de hoy? ¿Sigue mala del estómago?
Al verla entrar, María, el ama de llaves, se acercó de prisa para preguntarle con preocupación.
Erika bajó la mirada, se tocó instintivamente el vientre y luego deslizó la mano hasta la boca del estómago.
Tragó el nudo que tenía en la garganta y respondió con suavidad:
—Sí, es el estómago.
María notó el gesto con algo de extrañeza, luego miró el bolso que llevaba y siguió preguntando:
—¿Y por qué no le recetaron medicina?
Mientras subía las escaleras, Erika contestó:
—Con cuidar un poco la dieta tendré suficiente. María, voy a mi cuarto.
María se quedó al pie de las escaleras, viéndola desaparecer por el pasillo de la planta alta.
Otra de las empleadas miró hacia arriba, se acercó a María y le murmuró:
—María, la señora se ve súper pálida. En la mañana salió muy contenta, ¿qué le habrá pasado?
María frunció el ceño.
—A mí también me dio mala espina. ¿Será que le duele mucho el estómago?

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