—María, gracias por todo, de verdad me voy.
***
Grupo Ramírez.
Diego colgó el teléfono, entró en la enorme oficina y reportó con respeto:
—Señor Ramírez, llamaron de la casa. Dicen que la señora preparó una maleta pequeña y se fue.
Valerio frunció el ceño. Con una mirada indiferente, preguntó con frialdad:
—¿A qué te refieres con «una maleta pequeña»?
Diego dudó un instante.
—Es decir, solo se llevó algo de ropa y sus identificaciones.
Dicho esto, sacó el acuerdo de su maletín y lo dejó sobre el escritorio.
—Señor, mírelo. Es la firma de la señora.
—¿Y quién te dio permiso para seguir llamándola «señora»?
El tono de Valerio era calmado, casi despreocupado, pero venía cargado de una fuerte intimidación.
Diego bajó la mirada de inmediato, sin atreverse a decir más.
Valerio dejó a un lado los documentos que estaba revisando, tomó el acuerdo y, tras darle una pasada rápida, resopló:
—¿No quiere nada? ¿Está tratando de hacerme quedar mal?
Había estado tras su dinero todo este tiempo, ¿y ahora con qué jueguito salía?
¿Sería que quería más, pero no se atrevía a pedirlo, y por eso se hacía la orgullosa yéndose con las manos vacías?
Las incisivas preguntas de Valerio casi hacen que Diego empezara a sudar frío.
Después de pensarlo un poco, se armó de valor para hablar:
—Señor Ramírez, la señora... perdón, la señorita Milán. Hoy intenté llamarla pero no contestó, así que le marqué a María. Ella me dijo que Erika había ido al hospital para un chequeo en la mañana. Cuando llegué, ella estaba recostada en una camilla de urgencias. Las enfermeras me dijeron que se había desmayado en los pasillos.
Diego hizo una pausa intencional para ver cómo reaccionaba Valerio.
La mandíbula tensa de su jefe pareció relajarse, pero frunció el ceño con evidente confusión y preocupación.
Diego continuó:


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