Diego asintió. Sus manos, ya cerradas en puño, se apretaron todavía más por la frustración.
Si para él, siendo un hombre ajeno al asunto, esas palabras se sentían frías, no quería imaginar cómo le caerían a Erika.-
Era obvio que Valerio no retrasaba la cita para posponer el divorcio.
Sino que, a los ojos de cualquiera, era evidente que su única prioridad era la mujer llamada Lorena Jiménez.
Solo por Lorena.
Ni siquiera se había molestado en preguntar por qué Erika se había desmayado. Tampoco pareció importarle que se hubiera ido de la casa solo con una maleta de mano.
Incluso la cita en el Registro Civil debía ajustarse al horario de Lorena.
Cuanto más lo pensaba, más triste se sentía Diego, hasta el punto de sentir lástima por Erika.
Aunque casi no convivía con ella, y él no era más que un simple asistente, siempre había recibido un trato impecable de su parte. Erika jamás se había portado arrogante ni le había hablado mal a nadie del personal de servicio.
Una mujer tan linda y amable era simplemente perfecta.
Lástima que a Valerio no le interesara lo más mínimo.
Sin poder contenerse, Diego volvió a hablar:
—Señor Ramírez, ¿por qué no llama a la señorita Milán? Hoy la vi muy pálida; de verdad no se veía bien.
—¿Me vas a enseñar cómo hacer mis cosas?
Valerio lo interrumpió de golpe con un tono helado.
A Diego no le quedó de otra que agachar la cabeza y cerrar la boca.
***
Tras dejar la residencia Ramírez, Erika caminó sin rumbo por la calle con su pequeña bolsa de viaje durante un largo rato.
Al final decidió ir a casa de su mejor amiga, Martina Quintana.
En cuanto Martina le abrió la puerta y cruzaron miradas, Erika no pudo contener más las lágrimas y rompió a llorar.
Al verla deshecha, a Martina se le encogió el corazón.
—¿Qué pasó? ¡¿Qué tienes?! ¿Acaso Valerio te volvió a hacer el feo o te dijo alguna tontería?
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